Vacas y bueyes sagrados del periodismo criollo

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Hay un altar de vacas y bueyes sagrados del periodismo donde el Sancta Sanctorum está ocupado por la prensa misma, sin rostro, sin cuerpo porque es lo que es; en las hornacinas laterales, San Enrique, abogado de la paz; Santa Mabel, poderosa para hallar las verdades ocultas; San Tula, poderoso guía de viudas y separadas; San Luis de Pito, santo de supermercadistas y traficantes de azúcar; Santa Menchi, intercesora de impuestos, estancos, alcabala y tributos varios.

Son santos que están en el limbo de la gloria a donde nadie accede sino aquellos que arrodillados y persignados repitan amén, amén y amén a los “milagros” que vayan generando a través de los diarios, las radios, los canales y las redes sociales templetes a través de los cuales el creyente delira con sus evangelios. Se les venera todo el día prestándoles la virtud teologal de la fe.

Son santos del día después del mañana. Les agrada la meneante luz de las velas y el aromado humo de los finos sahumerios.

. Observemos, de rodilla, el magnífico altar a San Tula. La falta de fe, sobre todo a este santo de la coqueta hornacina siempre iluminada por los cirios blancos, rojos, azules y verdes, puede ser causa de sanción y, por tanto, condenado, como ya condenó a varios periodistas de medios que manifestaron su desconfianza hacia sus supuestos milagros. San Tula mandó al purgatorio a aquellos periodistas de “pasquines” y desde donde ruegan clemencia los imprudentes pasquineros.

Con San Enrique, la otra cara de San La Muerte, hay que andar con cuidado. Es milagroso pero de pocas pulgas. No le agrada el pecador, sobre todo si es “coloradote” a quien condenó varias veces al fuego del infierno.

Un día el poderoso San Enrique, en uno de esos días en que anduvo con un humor de perro, bajó de su altar, salió a la calle con su báculo en forma de lanza y desafió a los vecinos que ninguneaban sus mandamientos sagrados y a los que vociferó: “¡no me crean a mí, lo dice la escritura!”, mientras revoleaba su manto y su lanza. Nadie le peloteó porque todos estaban apurados a la hora de ir al trabajo por lo que volvió a su peana, nervioso y decepcionado, “¡¡corte!!”, rugió y a otra cosa, mariposa.

Santa Menchi es efectivísima cuando de cobrar impuestos se trata. Elevando su manto hacia el cielo es capaz que un planeta, pulverizado por una pandemia reaccione a sus milagros, saque dinero del más arcano de los baúles para honrar su pedestal de reptiles que, insaciables, reclaman su ración de impuestos. Quien no crea en su poder va muerto.

San Luís de Pito – nació en Pito, provincia de Guipúzcua, País Vasco, España – engendro intelectual de Baroja, Maleaux y González Alsina en su versión socialista, es vigoroso abogado de almaceneros, buhoneros y manteros quienes si le oran nueve días verán que en poco tiempo se convierten en supermercadistas, importadores, exportadores, traficantes de azúcar, etc., trabajos que le llenaran de oros, joyas oropeles como gitanas granadinas.

En el Palacio de Letrán de Villa Morra fue canonizado como apóstol de la televisión y del futuro este santo bueno de rostro resplandeciente es abogado de los más influyentes supermercadistas de este valle de lágrimas.

En una capilla privada, en el ala derecha del templo, se ora a la santa pareja, Santa Menchi y San Ocar de Zalamea, humilde santo que empezó pregonando su doctrina en tierras judías con un volkie en una y el báculo en la otra mano. En este sagrario concurren políticos, empresarios, gobernantes, peloteros, mujeres, hombres, travestis, feministas y abortistas pidiendo una cuota de milagro. Este oratorio está habilitado a la mañana temprano y, a la noche, desde la 20.00. En el lugar siempre hay un centenar de velas prendidas y vedijas de humo de sahumerios importados de India. Un turiferario vigila desde el limen del altar.

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