Del cementerio a la lista de subsidiados

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Están bien muertos pero algún avivado añadió sus nombres para cobrar en sus memorias la nada despreciable suma de 500 mil y pico de guaraníes por cada uno, una par de veces. Solo que los sabuesos de Hacienda, muy celosos por cierto, pillaron la trampa para bien de la billetera del Estado.

No salió de la fantasía de Edgar Alan Poe, Frank Kaffka ni de Mary Shelley. No son historias de miedo relatadas en noches tormentosas junto a la fogata de la cocina. No se extrajo de la novela “Héroes y tumbas” de Sábato. Es la creatividad de la “perrada”, de aquella fauna especial que husmea resquicios por donde sus papilas olfativas sientan la oportunidad de un travieso golpe a las arcas de cualquier desprevenido, en este caso a las del Estado.

Así, habiendo caído, como regalo del cielo, la oportunidad generada por el coronavirus, presentaron a los recepcionistas ministeriales sus pulcras carpetas virtuales con la lista de la gente merecedora de una ayuda estatal en tiempos de pandemia.

Los funcionarios del Estado se dieron su tiempo, entre cafecitos y cafecitos hasta horas de la madrugada,  y controlaron  las carpetas en las pantallas de sus computadoras. Cientos de miles de nombres de los cuales, ¡sorpresa!, dos mil eran los de finados cuyos restos hoy descansan en los cementerios de la república. Hombres, mujeres, ancianos de generaciones pasadas, cuyos restos entre muchos de ellos quedan apenas fragmentos de huesos, volvieron a aparecer, como vivitos y coleando, esta vez en la pantalla de Hacienda.

La lupa de los empleados de Hacienda y de otras instituciones fiscalizadoras permitió no desembolsar una buena ponchada de dinero que, seguro, podría haber terminado en los profundos e insoldables bolsillos de los perspicaces que siempre andan pegando un golpecito aquí y otro más allá hasta que la Fiscalía ordene que sus muñecas luzcan las argentas esposas.

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