En la cumbre de sus cerros, Piribebuy

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Piribebuy de las cordilleras, de los arroyos y de las hondonadas. Allí está, 150 años después de su hecatombe, enhiesta, orgullosa, respetable. El sesquicentenario de aquel horror ordenado por el malvado conde D´Eu es recordado  con las ceremonias de rigor pero, sobre todo, por la calidad de su gente, de sus antiguas estirpes y de las nuevas que la adoptaron como su nuevo pueblo.

Una de las antiguas casonas del centro de Piribebuy.

Sus casas coloridas, sus solares junto al arroyo, sus patios frondosos denotan vida, avidez, alegría, armonía y confianza. Y la historia de su gente como la del inmigrante Martino Hercole Gini Rimoldi, aquel italiano que a pocos años de la destrucción del pueblo apostó por él y allí construyó su casa y creó familia.

Piribebuy, esa localidad descrita con maestría por el inglés Jorge Masterman quien lo visitara antes de la gran guerra, es hoy el sosiego, la hamaca bajo sus arboledas, el fresco de su histórico arroyo y de su aire serrano; Piribebuy es también su inquebrantable fe católica y Ñandejara Guasu en lo alto de su meseta.

Otra colorida esquina de la ciudad de Piribebuy.

La histórica ciudad es especialmente su Salto de Pirareta; sus cañaverales, su caña “Piribebuy”, su antigua farmacia Cuquejo, su fábrica de carrocería, el coche verde, el Ford T mencionado por los abuelos del pueblo, adquirido por el padre de Salvador Villagra Maffiodo por 1930.

A propósito, en el suplemento dominical del diario asunceno La Tribuna del 15 de junio de 1969 se publicaba el caso del niño Mateo Rivas (de ocho años de edad) que tras la masacre de agosto de 1969, fue secuestrado y llevado a Uruguay por un soldado aliado de donde, ya adulto, volvió a Piribebuy vendiendo su propiedad al doctor Salvador Villagra Maffiodo, padre del escritor e historiador Carlos Villagra Marsal.

Pueblo capillero basado en poblaciones de nativos originarios, los que oraron cuando se creaba fundaba “Santo Cristo de los Milagros de Piribebuy”.

Ciudad pacífica entre sus colinas y hondonadas, Piribebuy sigue siendo pueblerino pero aristocrático, orgulloso de la resistencia de sus hijos contra los pirómanos invasores, orgulloso de su magnífico pasado colonial, de su gente guapa y la cumple donde está enclavada.

Cuando la pandemia pasó, seguro, miles de visitantes volverán a su Fresco y cristalino Piraretä, a su histórico arroyo a sus calles pintadas con las acuarelas de la historia.

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