Iglesia de Capiatá, arcano de nuestra historia

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A Capiatá no se la conoce desde la ruta, que hoy es un conglomerado de negocios de fachadas disparejas. Su alma está en sus barrios, en las curvas de sus caminos viejos, en los adobes puestos a secar en olerías de los bajos y, sobre todo, en su santuario protegido por un bosque en pleno núcleo urbano.

Este antiguo pueblo capillero es mucho más que lo que el viajero ve desde la ruta; es más que su atasco permanente, sus semáforos desordenados y su oficina municipal en medio de una plaza. Capiatá es el que renunciando a su fachada colonial decidió por lo moderno para sus viviendas y edificios.

Rezando el rosario vespertino en la Iglesia de la Candelaria en Capiatá.

Lo único colonial de envergadura que sobra en el terruño de los músicos Carlos Lara Bareiro, Martín Leguizamón y Laureano Maidana Zárate (Lizt Maida) quizás es lo de la Iglesia de la Purificación de la Candelaria del Valle de Capiatá, aquella de adobes grandes, altas columnas de gigantes troncos, tejavanas centenarias y pisos de ladrillos sobre los que caminaron decenas de generaciones.

En las dos hectáreas arboladas, van por tres siglos la arquitectura paraguaya  hecha iglesia desde donde sus campanas tan antiguas como sus paredes y columnas doblan todos los días convocando fieles para rezar el rosario vespertino.

El aroma del incienso de la última misa como que se impregna en las rancias maderas de sus ventanales y puertas, en sus obesas paredes pintadas vaya uno a saber cuántas veces en sus tres siglos de proteger creyentes mientras una treintena de agudas voces mujeriles repiten el ritual del “Dios te salve, María…” entre las apagadas y chatas de los escasos varones participantes de la plegaria.

Unas candelas están prendidas; una, junto al Cristo con las santas de blanco, una y; de negro, otra; otra; en el altar mayor, cirios modestos de llamas quietas, candelas para la Candelaria de Capiatá.

Sí.

La gente cruza y ve una Capiatá estrecha y apurada sin darse su tiempo para descubrir lo esencial del valle de los futbolistas Osmar Molinas González y del infortunado Faustino Orrego. A solo cien metros de la carretera principal hay un arcano hecho templo donde mediante la Cruz y la infinita piedad de de su reina, María Candelaria, guaicurúes y payagues de lejanos tiempos se volvieron mansos y la sangre ibérica empezó la amalgama con la de la raza originaria y que dio origen al natural de esos valles, al capiateño orgulloso de su templo.

“Santa María, madre de Dios ruega por nosotros…”, seguían orando en el templo cuando bajamos los peldaños del atrio para seguir mirando la ciudad, el otrora paraje en los límites asuncenos, y descubrirla aunque tardíamente.

(EMC, redacción central de CUARTO PODER).

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