La cuarentena de las famosas vacas rhodesianas

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Había una vez un caso muy comentado en Paraguay, sobre todo entre funcionarios públicos y tamberos: la importación de unas 100 vacas procedentes de África cuyo importador no hizo cumplir en tiempo y forma la obligatoria cuarentena. Aquello fue un ir y venir de protagonistas del escándalo conocido como el de “las vacas rhodesianas”.

El 1 de enero de 1977 ingresaron al país 102 cabezas de vacas de la raza Holando pertenecientes a un señor de nombre Robert Wolker, un extranjero. La hacienda ingresó con la autorización del Ministerio de Agricultura y Ganadería. El mismo Wolker sacó el plantel de Rhodesia (hoy, República de Zimbabue), al sur de África. Las lecheras adquiridas nacieron y crecieron en un tambo de Cranborne, Salusbury (hoy, Harare).

Eran ejemplares puros y con alto rinde leche por cabeza, unos 40 litros.

Por aquel tiempo, la explotación lechera se basaba en Paraguay sobre planteles criollos de poco rendimiento.

Las promocionadas vacas rhodesianas de Ñemby. Tormenta en un vaso de agua.

Wolker se instaló en una propiedad de Ñemby donde con su mujer, una veterinaria, y sus dos hijos adolescentes trabajaban en el ordeñe diario. Los tamberos observaban con desconfianza dichos planteles que hacían diez a cero a las lecheras paraguayas.

Pero no solo algunos tamberos paraguayos, como César Sotti, se oponían a la competencia que se instalaba en el país sino también los vendedores de reproductores lecheros de Argentina y Uruguay que, inclusive, bajo el argumento de poner en peligro la salud de la ganadería regional, exigían que las 102 cabezas sean sacrificadas.

Pasaron los meses, en julio de 1977, el Ministerio de Agricultura y Ganadería se desdice en su resolución de permitir el ingreso de las vacas rhodesianas y decide que el plantel sea sacado del país o se sacrifiquen. Sin embargo, nunca dio a conocer de esta decisión a Wolker.

Los medios de prensa de entonces publicaban con destaque el “escándalo”. Pasó que las autoridades olvidaron mandar en tiempo y forma a cuarentena dichas vacas mientras, todos los días, campantemente, producían leche como para inundar un barrio. No les gustaba a los taitas de la lechería de la época.

La presión periodística, encabezada por Abc, no cejaba, movilizándose la sociedad de ganaderos, el Servicio Nacional de Erradicación de la Fiebre Aftosa (SENALFA, más tarde Servicio Nacional de Salud Animal, SENACSA), organismos internacionales de sanidad animal, el embajador de Sudáfrica, la embajada norteamericana, la Facultad de Ciencias Veterinarias, la Asociación Veterinaria del Paraguay, que por entonces presidía Miguel Ángel Cano Melgarejo, entre otros.

Los estudiantes de veterinaria de la Universidad Nacional de Asunción, alarmados, organizaron un ciclo de conferencias sobre qué hacer en la “emergencia”, detectada siete meses después de la introducción. Parecía que el mundo ganadero venía abajo.

Los sectores preocupados por sacudirse del embromado embrollo contactaron con la embajada norteamericana quien estaba invitando a un experto que podía hablar sobre las consecuencias veterinarias de la presencia de los animales en Paraguay. La venida del hombre era tema diario de los medios de prensa. Al final, el “experto” resultó ser un economista y no veterinario por lo que la santa paz entre los tamberos celosos no retornaba.

Hartado de tantas falacias, el embajador de Sudáfrica, Oswalds Alberts, desmintió que haya enfermedades “misteriosas”, como afirmaban los suspicaces y envidiosos lechereros, tanto en Sudáfrica como en Rhodesia.

Nada era más alborotador en la tranquila capital paraguaya que el caso de las vacas de las enormes ubres. Ni siquiera la construcción del Puente Remanso, que andaba por el montaje de la pila número 20, ni la muerte de Eduard Roschmann, el carnicero de Riga, en un camastro hospitalario, eran más bullanguero que el de las vacas que no cumplieron la cuarentena.

En fin, tanto, sensacionalismo cansó a don Wolker quién vendió su hacienda a Ramón Garelli y viajó a los Estados Unidos con su familia. “Estoy cansado”, dijo y se fue. No aguantó tanta presión que, finalmente, hasta Abc, que comenzó la campaña, prefirió apoyar la permanencia de las vacas en Paraguay porque serían útiles para el mejoramiento del plantel lechero y ya que estaba visto que los animales importados no eran portadores de virus alguno que amenace la salud humana ni animal.

Luego, nada más se supo de las vacas, los medios dejaron de insistir sobre el asunto y retornó la calma a lo largo y ancho del apacible país.

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