El valor de la vivienda y la alegría de esta familia

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Casarse, tener la casa propia donde criar a los hijos, el sueño del compatriota de todo humano. Nos pasó, pasa y pasará a todos. La vivienda para forjar destino, para cubrirse del sol, del frío y de la lluvia, donde haya flores para admirar, un patio para que los niños corran, un tajy que nos proteja de la severidad del enero paraguayo.

La pareja que ilusiona el techo propio que para eso trabajan desde el alba hasta que caiga la noche, mientras llega el primer niño, el segundo y el tercero y sobre todo la desazón porque todavía la casa ocupada es la de los padres o la alquilada con todo esfuerzo, y es cuando ya todo no es hermoso, ni los caminos ni los sueños, la amargura se vuelve abrojo, como recita Luis Landriscina, que lastima hasta la carne de la intención de ser feliz.

Al ver la foto de la pareja joven de la foto nos recuerda el comienzo de miles de matrimonios que hoy, como nosotros, peinan solo canas y disfrutan de los nietos.

Cada casa que el gobierno entrega es la alegría inenarrable y sin límites, el nirvana en la misma Tierra para quienes reciben ya sean parejas o madres solas, tal como experimentó esta familia de padres jóvenes con niños merecedores de un presente mejor, niños que tal vez mañana sean maestros, gobernantes, agricultores que garanticen el alimento de todos, personas felices consustanciadas con su patria, paraguayos con la autoestima alta, realizados.

Por eso lo de la Villa del Maestro en Areguá, lo de las casas construidas por el Ministerio de Urbanismo Vivienda y del Hábitat, no es solo un acto protocolar con la asistencia del presidente y un tema para ocupar espacios en la prensa sino la recuperación de la autoestima de esos padres que por alcanzar esta meta muchas noches ni durmieron pensando cómo hacerse de una casa porque los niños pronto se ponen grandes.

Quienes saben cuánto cuesta una hilada de ladrillo, un tirante, una teja valoran una acción social de tanta envergadura humana como la de entregar viviendas construidas con el dinero de todos los paraguayos, esa legión de permanentes y sistemáticos contribuyentes, que comprenden que en la medida que sumemos más familias con casas propias el país tendrá más familias de pie con voluntad de sumar para fortalecer la nación y vencer a la pobreza.

Nada más benigno que permitir el techo propio al compatriota que así trabajando duro no lo pueda conseguir. Construir casas sociales con el aporte de todos es de gobiernos inteligentes, prácticos y, desde luego, con la solidaridad por estandarte, profundamente cristianos.

Quien escribe también comenzó así, en una casa pequeña, pequeñita, pero rebosante de ilusión con mucho optimismo, pagada de a centavos por muchos años. El resto viene solo hasta que en el atardecer de la vida nos convertimos en agradecidos a la vida, a la patria pero sobre todo a Dios en quien creemos porque nos regaló hijos, pareja, el pan de todos los días y la casa que se convierte en el hogar hasta el día postrero.

Efraín Martínez Cuevas

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