Cambio de hora, parece que, ¡por fin!, el reloj ya no sería manoseado

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Todo hace pensar que el reloj ya no será manoseado cada seis meses, volvería a ser el que, sin truco alguno, siga marcando el tiempo así el sol se asome más tarde o más temprano. En Diputados se aprobó mantener el horario de verano y ahora el proyecto pasa a Senadores.

Los argumentos pasados fueron varios para toquetear el reloj pero ninguna convencía: que se ahorra energía eléctrica, que nos adecuamos al horario de otros países, que el horario de los vuelos de aviones y otros recursos dialécticos que nunca convencieron ni aquí ni en otro país donde se obliga a adelantar o atrasar el reloj.

Agua que no haz de beber déjalo correr dice el adagio; o sea, ni si tocamos el despertador del derecho y del revés ni si lo colocamos de cabeza el tiempo seguirá siendo igual, impertérrito, por los siglos de los siglos.

En otras palabras, la rotación de la Tierra sobre su propio eje y, en torno al sol no es de nuestra incumbencia sino de la misma naturaleza. Lo mejor, pues, es no involucrarse y dejar que el tiempo  siga su curso natural.

La valoración del tiempo no se logra atrasando o adelantando la hora se valora cuando es fundamental para el individuo.

Veamos:

¿Cuál es el valor de una hora para quién espera ser rescatado? Si queremos saber el valor de un minuto preguntemos a alguien que acaba de perder el vuelo; ¿cuánto valor tuvo un segundo para quien se salvó de ser atropellado por un vehículo? ¿Conocemos el valor de un milisegundo?, pensemos en el atleta que obtuvo la medalla de plata.

El valor del tiempo es único para cada persona, en cada circunstancia de su vida.

Observando desde el color diáfano de ese cristal nos percataremos que el valor del tiempo, en fin,  no se aprecia modificando el horario.