Los que están matando en Paraguay con el arma biológica

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Efraín Martínez Cuevas

El mordaz pero encantador  “maraiko pende rymba jagua entero pe gueraha superpe”, del ministro Euclides Acevedo en los desorientadores inicios de la pandemia, sirvió de mucho para contener el avance del virus aunque no lo suficiente porque hoy, por la criminal necedad de no pocos, ayer hemos lamentado la muerte de 11 de nuestros compatriotas.

Es de reconocer que las funciones de un ministro del Interior es la de vigilar la seguridad del país y no andar de niñero detrás de las personas irresponsables que se resisten a hacer lo que le conviene así como a los demás.

Tampoco el ministro de Salud, hablemos con las cartas sobre la mesa, podrá hacer más de lo que hizo si el desbande – el mejor escenario para el covid-19 – se produjo aquí y allá.

La autoridad hizo todo lo que debió hacer en tiempo y forma. Quien no hizo bien los deberes es una peligrosa minoría que, eso sí, hizo el aguante al virus asiático violando todas las normas, las únicas que podían habernos protegido.

Falló una minoría de necios con alma asesina, entre ellos  – duele decirlo – influyentes periodistas que tomaron en burla las medidas preventivas. Minoría de peligrosos tontos que incluyen a algunos políticos que desde dentro y fuera del parlamento embarraron la cancha, ¿quieren que les dé nombres?, lo saben de memoria.

Ayer fueron 11 sumando más de 100 los muertos, ¿recuperaremos sus vidas con la excusa instalada:  que necesitamos trabajar, que debemos comer, que la mar en coche?

¿Algunos de los estúpidos que alentaron violar las normas, asumirán la muerte de un periodista, de un intendente, de un comisario general, de nuestros apreciados abuelos y abuelas, de nuestros padres a quienes contagiaron porque a esa minoría ganó la esquizofrenia? ¿Asumirán la culpa por  los fallecidos que lamentablemente se darán?

Pregunto si Carlos Filizzola, Katia González, Miguel Prieto, Efraín Alegre, Fernando Lugo, Enrique Vargas Peña, los directivos de los diarios en general, a los de la mayoría de las radios, a los dueños de casi todos los canales de televisión que tanta resistencia imprimieron a la sensata campaña de previsión, si se responsabilizarán de la tragedia que comienza en el país.

Los últimos fines de semana fueron una orgía de intimidad, la repetida en Areguá y San Bernardino. Ni hablemos del tembladeral esteño.  Apiñamiento de personas que cuesta la vida, por ahora, principalmente,  de nuestros ancianos, de los que se protegían, de los que debían disfrutar apaciblemente de sus últimos años de vida.

Los incitadores de la rebeldía a las medidas sanitarias ¿se sienten inocentes o pecadores de este crimen en masa? Crimen. Sí. Porque unos cuantos lo pensaron y ejecutaron. No con un puñal, un revolver ni un mazo, sino con el virus del covid-19 al cual “desenfundaron” y va aplicando “tiros” a sangre fría día a día: ayer, 11; hoy, quién sabe a cuanto porque su sed de muerte es incontrolable.

El criminal nunca se sintió culpable, siempre se cree justiciero, un héroe, en el peor de los casos un incomprendido por la sociedad. Pero en puridad es un homicida, un despreciable asesino vestido de político, dirigente social y hasta de periodista, un perverso forajido que mata sin contemplación con su diabólica arma biológica

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