Barbero Cué, Caballo de Troya y bomba de tiempo que hoy estalló

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Por Efraín Martínez Cuevas

Hoy estalló lo que podía haber ocurrido en cualquier momento anterior: Por ocupaciones en las famosas tierras de Barbero, San Pedro, esta mañana hubo un muerto y otro herido y se cargan las culpas a un diputado llamado Vicente Rodríguez y a la Fiscal General del Estado que no tuvo en cuenta la tensión que fue creciendo. Aquí, ubicaremos en el contexto histórico y político la polémica extensa propiedad.

“Barbero Cué” es una propiedad que pertenecía al doctor Andrés Barbero y que la donó, curiosamente, al gobierno italiano en 1951 para asiento de inmigrantes italianos que él anhelaba que vengan a Paraguay.

Doctor Andrés Barbero, anterior propietario de las tierras sin definición legal. Las tremebundas complicaciones comenzaron cuando donó la propiedad al gobierno italiano que en 2012, finalmente, se deshizo de semejante regalo.

Se trata de una finca de 17.343 hectáreas en el departamento de San Pedro originada de una porción mayor, de 80.000 hectáreas, adquirida por dos franceses ni bien terminada la guerra contra la Triple Alianza.

Las 80.000 hectáreas fueron adquiridas por los galos mientras los inmigrantes piamonteses  Juan Barbero y Carolina Crosa llegaban por barco desde su Italia natal hasta Asunción donde contrajeron matrimonio en 1871 y tuvieron tres hijos. Juan, maestro albañil, vino a Paraguay atraído por las posibilidades de trabajo que tenía entonces en la ciudad con centenares de casas destruidas.

Se puso a arreglar las viviendas y mediante su trabajo se hizo de respetable fortuna.

Junto al maizal de Carlos Codas ocurrió la tragedia esta mañana. Los invasores habría sido movilizados por un diputado cartista.

Andrés, luego de recibirse de médico y hacerse de su propia fortuna, adquiere parte de las tierras de los franceses que por inicios del siglo XX fue vendiendo a los interesados que terminan por ser 30 en total. Carlos Paoli fue quién previamente adquirió de los franceses las 17.000 y pico de hectáreas (finca 231) que tras varias transacciones quedó en manos de Andrés Barbero.

El inminente médico falleció en febrero de 1951 pero poco antes donó aquella propiedad sanpedrana al gobierno de Italia supuestamente para asentar a inmigrantes italianos. Nunca vino ni un inmigrante de aquel país, tampoco el gobierno italiano dio importancia a la donación de Barbero como tampoco el de Paraguay se preocupó de esa propiedad.

Mi primera perplejidad  es la donación de las tierras paraguayas a un gobierno extranjero en momentos en que todavía quedaban rescoldos de la alianza italiana con la Alemania de Hitler, país al cual también Paraguay declaró la guerra en los últimos días de la Segunda Guerra mundial.

Un diario de Asunción publicaba este artículo en 1990. Jamás se arregló nada sobre las tierras del filántropo Barbero.

Saltemos de 1951 a estos tiempos.

En el 2012 el gobierno italiano desempolva el documento de donación firmado por el médico Barbero y como preguntándose para qué están esos papeles en alguna olvidada gaveta de sus oficinas públicas, decide devolver las tierras al gobierno paraguayo bajo la figura de la donación.

Tal era el desinterés italiano hacia el regalo de don Andrés que su gobierno ni siquiera los impuestos inmobiliarios ha pagado por las diecisiete mil y pico de hectáreas y que luego crearía más problemas a este mbaipy con visos diplomáticos.

Mi segunda perplejidad es sobre cómo Italia puede donar algo al Paraguay que es legítimamente de la soberana República del Paraguay.

La Policía venía interviniendo en el conflicto generado por invasores instalados en la vía pública presto a ingresar a un maizal. Informó a la Fiscalía, pero esta no actuó. La tragedia llegó al galope.

Mi tercera perplejidad es sobre cómo el gobierno paraguayo acepta la “donación” de algo que le pertenece legítimamente.

Esto es a más de tomadura de pelo, un Caballo de Troya.

El doctor Barbero hubiera hecho la donación no al gobierno del país de sus padres sino al gobierno paraguayo de entonces, presidido por Federico Cháves (1949-1954), con la condición de que en esas se ubiquen a inmigrantes italianos. Era lo más sensato que pudo haber hecho con sus bienes.

No caben dudas que Giorgio Napolitano, presidente socialista italiano (2006-2015), ordenó a su canciller a contactar con su par de Paraguay para volver a entregar las tierras donadas por Barbero ya que desde 1951 a nadie del gobierno italiano, por lo visto, interesó movilizar agricultores italianos hacia el departamento de San Pedro mientras los documentos respectivos de la ofrenda se volvían amarillentas y se rompían por lo que hicieron lo que pensaron era lo mejor, desentenderse de dicha donación y devolver los derechos respectivos a Paraguay, su legítimo dueño.

Don Giorgio ni pensó seguramente que bien podía haber remitido una carta diplomática a su par de Paraguay manifestando que en algún momento un paraguayo, hijo de italianos, había donado una tierra de Paraguay a Italia y como el regalo comprometía a Italia ante nuestro país prefirió su gobierno obviarlo dejando constancia que la donación no fue tenida en cuenta como tal por el gobierno italiano y que dejaba las manos libres al de Paraguay para administrarla como mejor, justo y legal considere.

No.

Italia prefirió la figura de la “donación” para salirse del embrollo.

Y desde que fue “regalo” el problema se agudizó, a más de crear precedentes, los mismos ocupantes paraguayos, los mayoritarios, apelando a la figura de la “donación italiana” (para más dramatismo – y sometimiento – se creó una asociación de ocupantes bajo el nombre de “Pedacito de Italia”) apelan a la Justicia, ya bastante manoseada por este extraño y absurdo caso, exigiendo que todo se cumpla como intima el gobierno italiano.

Me asombra todo cuanto se hizo desde los poderes del Estado para legalizar este Caballo de Troya.

Lo hecho,  hecho está.

Ya las tierras abandonadas tanto por ambos gobiernos (más por el de Italia que según Barbero debía ser la dueña, así a muchos nos parezca un absurdo) fueron ocupadas por pequeños, medianos y grandes productores rurales a lo largo de los últimos 69 años.

Ahora vamos al problema doméstico.

Unos cuantos ocupantes, que ya están en sus tierras, quieren también las de otros locatarios (uno de ellos es un inversionista alemán cuya empresa se llama “La Blanca”) porque pelan lo de la “donación” italiana que son de 17.000 y pico de hectáreas y que todas las tierras deben ser para los sujetos de la reforma agraria (otra metida de pata de Italia, que no debe condicionar la “donación” en nada y menos con ese tenor a un país soberano).

A partir de ahí, los líos.

Los gobiernos anteriores  tratando de arreglar los desbarajustes creados en otros momentos, sin solucionar nunca,, yendo y viniendo de aquí para allá, sin hallar soluciones para todos porque unos ya se encargaron de judicializar, mientras otros procuran judicializar ¿comprenden por qué digo que Paraguay aceptó un exótico como incoherente regalo, un verdadero Caballo de Troya?

Pregunto, ¿es tan difícil definir la propiedad de cada uno de los ocupantes a la luz de la sensatez?

Que cada uno esté en su lugar y santas pascuas.

Ya que las tierras en cuestión han estado abandonadas desde que murió su legítimo dueño y no quedaron herederos legítimos que reclamen las mismas, pues que los ocupantes se queden en sus respectivos predios y a otra cosa.

¿Que existe de por medio un acuerdo internacional?; sí, en base a una “donación” que jamás debía ser, que jamás importó sobre todo a Italia (por eso no abonaba ni el impuesto respectivo por lo que se creó otro tremebundo problema que la autoridad paraguaya tuvo que arreglar a última hora). Un acuerdo en ese contexto no es otra cosa que una cuchufleta (un cachondeo, dirían los españoles), una broma de mal gusto, una formidable inocentada.

Que cada uno esté en su chacra, produciendo, y terminó el problema.

Los paraguayos también podemos ser sensatos y arreglar nuestros problemas a la luz del sentido común sacudiéndonos de la figura impuesta, “donación” italiana, así como de las condiciones impuestas por los italianos porque sencillamente no se pueden cumplir, que dichas condiciones no hacen sino hacernos pelear como perros y gatos y; en fin, que Italia ni ningún otro país puede condicionarnos nada en los asuntos que son propios de la administración de una nación libre e independiente.

Que cada ocupante de Barbero Cué se conforme con lo que tiene que, al fin de cuentas, todos – repito – fueron entrando de a poco, desde 1951, en aquellas tierras que no eran ni remotamente de ninguno de ellos sino, legítimamente, del señor Barbero y de nadie más, menos aún de Italia ni de ninguna nación extranjera; en todo caso perteneció, pertenece y pertenecerá a la soberana República del Paraguay.

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