El día en que mataron a Somoza y empezaba otra etapa en Paraguay

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Por Efraín Martínez Cuevas
Una mañana fresca, el 17 de septiembre de 1980, en la avenida Generalísimo Franco (luego España) entre América y Venezuela de la capital paraguaya, morían asesinados Anastasio Somoza, su asesor y su chofer. Tiempo después se sabría que el cabecilla del atentado fue Gorriarán Merlo, el temible guerrillero creador del argentino Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Aquel suceso marcó un antes y un después del gobierno de Stroessner y de la vida de todos los paraguayos. 
Esa mañana de 1980 estábamos en la redacción del diario Abc Color. Yo esperaba unos datos desde la oficina de prensa del Ministerio de Agricultura y Ganadería para viajar al Instituto Agronómico Nacional (IAN) de Caacupé para una cobertura normal. Por entonces me encargaba de las informaciones agropecuarias publicadas por el matutino. Varios de mis compañeros ya se habían marchado a sus respectivas coberturas, con los fotógrafos en los móviles, unos coches de la marca Peugeot del tipo 404.
Llegada de Dinorah Sampson, asistida por el médico de Somoza (el de sueter y anteojo oscuro), en el asfalto, los restos del chofer Gallardo. A la derecha, en recuadro, el autor de esta crónica.
Ínterin escuchamos en radio Ñandutí (desde un receptor ubicado en el escritorio del secretario de Redacción) que Humberto Rubín pregunta si qué pasó en la avenida España para añadir que se habría atentado contra el coche en el cual viajaba el ex presidente centroamericano.
Años después nos enteraríamos a través de la radio de Rubín que quién le informó fue Elpidio Aranda, que trabajaba en el departamento de marketing en la planta 1 de la Coca Cola.
En la redacción nos movilizamos y fuimos los que podíamos en el coche de Tito Saucedo, secretario de redacción, hasta el lugar del suceso. Llegamos en pocos minutos, porque el tráfico vehicular en aquel tiempo era tranquilo. Creo que el otro de este grupo fue Tito Soto.
La tapa del diario Abc del 18 de septiembre de 1980. Cuando llegamos al lugar del atentado, todavía no había sino menos de cinco personas. Las fotos del coche fueron tomadas por uno de los cuatro (ya no recuerdo quién) que fuimos en el auto de Tito Saucedo, secretario de redacción. El motor del coche seguía funcionando.
Llegamos por detrás de la fábrica de la Coca Cola, que todavía funcionaba frente al Sanatorio Italiano, a una cuadra del lugar del hecho. El escenario era ligeramente desolado, los vecinos todavía no salían del susto. Los Carriso Torreani residentes en las cercanías afirmaron que escucharon una fuerte explosión pero confundieron con los que provenían, habitualmente, de la fábrica de gaseosas.
Llegamos antes de Sabino Montanaro, Ministro del Interior; del general Britez (jefe de Policía) y de Pastor Coronel (el jefe de Investigaciones).
El coche blanco Mercedes Benz estaba con el techo destrozado y el motor todavía en marcha. Había volado de un bazucado. Para cuando llegamos, algún vecino piadoso cubrió con una sábana los cuerpos de Somoza y del acompañante, un alemán que hacía de asesor suyo.
Uno de los policías que hacían de escolta del centroamericano se asomó, pistola ametralladora en ristre, desde atrás de la muralla de una casa, que ahora ya no está, muro detrás del cual se había refugiado al producirse el ataque por parte de los terroristas.
Al rato llegó Dinorah Sampson, la amante del ex dictador (que vivía a pocas cuadras de allí, sobre España). Ella lloraba a gritos desconsoladamente. En la foto que acompaña este artículo (una página de la revista “Aquí” de la época) muestra ese momento. Para ese instante ya se había cerrado el tráfico sobre esta arteria desde Venezuela hasta la avenida Brasilia.
El cuerpo de Gallardo, chofer del Mercedes, estaba en el asfalto, junto al cual llegó la mujer de Somoza, asistida por su médico privado y un policía. Los bomberos de la policía (todavía no estaban los bomberos voluntarios) llegaron minutos después y, entre dos, tomaron el cuerpo del conductor para ubicarlo en una ambulancia. Al alzarlo, sus restos se desparramaron en el pavimento. Tuvieron que cubrirlo con una sábana (nunca mejor en ese momento el nombre de “mortuoria” como lo bautizaron los gendarmes argentinos) con la cual logran sacarlos de allí.
No olvidaré los restos de sesos humanos en las murallas cercanas, que los bomberos limpiaron 40 minutos después.
A la noche me tocó hacer guardia periodística junto al portón por posterior de la casa de Somoza. Casi no dormimos durante una semana de tanto ajetreo periodístico. El trabajo contemplaba atender a los colegas que llamaban de todas partes del mundo para enterarse de lo que ocurría. Todas las líneas telefónicas estaban colapsadas por las llamadas internacionales.
El de Somoza fue uno de los principales casos en los que me tocó actuar como periodista junto a mis demás compañeros del diario.
En una de de las fotos, tomada por la revista “Aquí”, se nota el momento de la llegada de la amante de Somoza; el señor de anteojos oscuros era su médico de cabecera. En el asfalto el cuerpo del Chofer Gallardo. Hacia la izquierda, fuera de foco, a unos 10 metros hacia adelante, el coche Mercedes Benz blanco con el motor aún en marcha y los dos cadáveres (de Somoza y de su asesor económico) destrozados y que para el momento de la toma de la foto ya estaban cubiertos. Probablemente algunos vecinos piadosos aportaron las mantas.
El chico de pelo largo y flaco dentro del rectángulo rojo, yo.

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