Si usted es fanático de las series de zombis, de los videojuegos de supervivencia extrema o simplemente extraña la adrenalina de caminar por una zona de guerra en plena paz pública, no necesita pagar una suscripción a Netflix ni viajar a Chernóbil: solo debe darse una vuelta por el Parque de la Solidaridad en Asunción.
Este espacio verde, ubicado estratégicamente sobre la avenida Stella Maris, cerca del exPuerto, ofrece hoy una experiencia postapocalíptica cien por ciento realista, libre de efectos especiales y, lamentablemente, libre de cualquier tipo de mantenimiento municipal. Lo que en enero de 2013 nació con bombos, platillos y una inversión pública de siete mil millones de guaraníes, hoy es el monumento definitivo al despecho político paraguayo.
Cuenta la historia que este parque fue inaugurado con orgullo durante la gestión del entonces presidente liberal Federico Franco y su hiperactivo ministro de Obras, Salyn Buzarquis. Para desdicha de los árboles y de los vecinos que buscaban un respiro frente al asfalto, el corte de cinta se hizo bajo un signo político que no cayó nada bien a los intendentes colorados que heredaron la administración de la capital. Desde entonces, parece que en el manual no oficial de la Municipalidad de Asunción se inscribió una máxima implícita: «si lo construyeron los de la vereda de enfrente, que se lo coman las alimañas». Y así, de desidia en desidia, el parque pasó de ser una promesa de recreación familiar a una sucursal del olvido.
La última vez que las autoridades municipales se acordaron de que el sitio existía fue en octubre de 2025. En aquella ocasión, autoridades municipales encabezaron una pomposa jornada de limpieza con escobas y rastrillos. Como dicta la tradición de la politiquería moderna, se tomaron las fotos de rigor para las redes sociales, se sonrió a las cámaras y, apenas se apagaron los flashes, el equipo municipal desapareció con la misma velocidad con la que la maleza volvió a devorarse los senderos. Desde entonces, el abandono absoluto recuperó su trono indiscutido.
Entrar hoy al predio es una verdadera aventura no apta para cardíacos. Las estructuras techadas se caen a pedazos, los bancos se desintegran por la humedad y las veredas crujen bajo el avance de un yuyal salvaje que ya parece tener personería jurídica. Para sumarle mística al asunto, el lugar está poblado por «zombis» reales: personas sumidas en la adicción que deambulan sin rumbo ante la total ausencia de guardias o policías. Irónicamente, los únicos sectores impecables son los 500 metros de asfalto custodiados por los militares para ingresar a la Infantería de la Marina, y el perímetro vigilado por la Essap para cuidar sus tanques de tratamiento. El resto del parque es tierra de nadie, un páramo donde la naturaleza y el peligro ganaron la batalla.
Lo más jocoso del asunto es que la gran promesa oficial siempre fue que el parque reviviría en cuanto los imponentes edificios ministeriales del puerto se llenaran de trabajadores. Sin embargo, hoy en día el Ministerio de Educación, el Ministerio de Obras Públicas y hasta la mismísima Comandancia de la Policía ya se mudaron al barrio con miles de funcionarios que entran y salen a diario. Pero ni el desfile diario de corbatas ni la cercanía de las máximas autoridades de seguridad han logrado que alguien mueva un solo dedo o levante una escoba. El Parque de la Solidaridad sigue ahí, firme en su ruina, demostrando que en Paraguay no hay nada más peligroso para el patrimonio público que haber sido inaugurado por el partido contrario.
Fuente: ABC Digital






