EL MALANDRO MÁS IMPACIENTE DEL PAÍS: MATÓ A SU ABOGADO POR «LENTO» Y VOLVIÓ A CAER POR UN BRUTAL ASESINATO

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Leuterio Altamiro tiene sesenta años, una mirada fría que desafía a las cámaras y un historial delictivo que parece extraído de una novela negra de terror.

El peligroso criminal brasileño acaba de ser enviado nuevamente tras las rejas, esta vez acusado de ser el implacable tirador que le arrebató la vida a Carlos Nelson Núñez, un trabajador verdulero de cuarenta y tres años, en un violento asalto en la ciudad de Ypané para robarle diez millones de guaraníes. Sin embargo, para quienes conocen las sombras del sistema penitenciario paraguayo, el nombre de Altamiro evoca un episodio del pasado mucho más macabro y absurdo: la vez que asesinó a balazos a su propio abogado defensor simplemente porque «tardó demasiado» en sacarlo de prisión.

La increíble e inquietante historia de este criminal comenzó a escribirse con fuerza a mediados de los años noventa. En noviembre de 1996, Altamiro se convirtió en el rostro de uno de los mayores escándalos carcelarios de la época al revelarse que era un «preso sambuku», un interno de la Penitenciaría Nacional de Tacumbú que salía y entraba del penal a su antojo gracias a complicidades internas y permisos jamás autorizados por la justicia. En una de esas salidas clandestinas, decidió no regresar. Libre y prófugo, el brasileño descargó su impaciencia de la peor manera. El 23 de marzo de 1997, interceptó a su abogado, Óscar Lucilo Medina Gómez, en la ciudad de Luque. Frente a los ojos horrorizados de la familia del letrado, Altamiro lo ejecutó a tiros. ¿El motivo? Consideraba que el profesional estaba siendo muy ineficiente y lento en los trámites para conseguir su libertad definitiva.

La vida de Altamiro desde entonces ha sido un constante y violento juego del gato y el ratón con la policía. Al día siguiente del asesinato de su abogado, fue recapturado tras un feroz tiroteo en una bodega de San Lorenzo, donde uno de sus cómplices cayó abatido. Aunque fue condenado a veinticinco años de cárcel por el homicidio del defensor, el encierro nunca fue un obstáculo real para él. Apenas dos años después, en julio de 1999, burló los controles de Tacumbú y escapó de nuevo. Su libertad duró apenas unas horas, las cuales aprovechó para secuestrar un colectivo de la Línea 6 lleno de pasajeros en un desesperado intento por salir de Asunción antes de ser cercado.

Detrás de los muros, su peligrosidad no disminuyó. Fue investigado por planear el asesinato de un juez penal y, años más tarde, la Fiscalía descubrió que lideraba una red de extorsión telefónica desde su celda, amenazando a ciudadanos con secuestrar a sus familias si no pagaban altas sumas de dinero. Pese a la acumulación de condenas, Altamiro logró recuperar la libertad en 2016, solo para dejar sus documentos olvidados en la escena de un asalto poco después y ser recapturado en 2017. En su última etapa en prisión se alió con el Clan Rotela, erigiéndose como uno de los líderes internos más visibles antes de la histórica intervención policial de la Operación Veneratio.

El pasado 13 de mayo de 2024, Altamiro cruzó las puertas de la penitenciaría con la orden de libertad bajo el brazo. Pero el instinto criminal pudo más que el tiempo. Apenas dos años después de su salida, la policía lo capturó en un asentamiento de Ypané, señalado como el hombre que gatilló el arma que mató al verdulero frente a su pequeña hija de cuatro años. Junto a su cómplice paraguayo, Alexis Rodrigo Brítez, Altamiro ha sido recluido una vez más. El hombre que una vez fusiló a su defensor por no ser lo suficientemente rápido para abrirle las puertas de la celda, vuelve al lugar del que nunca debió salir, demostrando que para algunos criminales, la libertad es solo un breve intervalo entre una tragedia y otra.

Fuente: ABC Digital

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