¿IMPLOSIONA HONOR COLORADO?

Publicado:

#Editorial


Hay momentos en la política en los que ya no hace falta oposición, y es el caso actual que envuelve al movimiento Honor Colorado, hoy en función de gobierno, es el propio oficialismo el que se convierte en su peor enemigo.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo, con un cuadro de nerviosismo, desorden interno y desbande discursivo, que hasta se vuelve comidilla y caldo de cultivo para periodistas y medios.

Todo comenzó —o mejor dicho, se hizo visible— en un escenario que siempre pero siempre incomoda al poder de turno; el púlpito, lugar de discursos religioso-políticos de génesis milenaria y que se ha perpetuado en el tiempo, convirtiéndose, quiérase o no, en un enemigo formidable.

Hablamos de comienzo, porque en plena celebración de Domingo de Pascua (uno de los días más importantes para la iglesia católica y sus fieles), el monseñor Ricardo Valenzuela al dar su homilía pascual, no hizo más que poner en palabras lo que gran parte del país ya percibe: corrupción, impunidad y una dirigencia cada vez más desconectada de la realidad social.

No fue en puridad una arenga política, fue un llamado de conciencia y cordura a nuestros gobernantes, y eso, en ciertos contextos, pesa más que cualquier discurso partidario. La reacción de los ofendidos no tardó, y fue además de reveladora, altamente desatinada.

El primero en salir al cruce fue Eduardo González, con un ataque directo al monseñor, en una reacción ad hominem contra el obispo, donde no hubo matices, tampoco reflexión, y menos un intento de procesar el mensaje. Fue una respuesta inmediata, visceral, atacando al sujeto y no al predicado, que dejó al descubierto algo más profundo que una simple discrepancia; la incomodidad del poder frente a una verdad que no se puede controlar.

Esto ocurre cuando algunos esbirros, en arrebatos de irracionalidad, deciden confrontar con la Iglesia en lugar de interpelarse a sí mismos sobre la verdadera realidad, proyectando desconcierto, fragilidad y cero mea culpa.

La historia política —y también la social— es clara en ese punto; nadie que se enfrente a la Iglesia desde la soberbia, logra sostener esa posición sin pagar costos.

A partir de allí, el oficialismo entró en una fase aún más llamativa, la de las confesiones. Y es aquí donde aparece un elemento que no puede ser leído con liviandad, las declaraciones de actores de peso e importancia en la política, como es el caso de Nicanor Duarte Frutos, Gustavo Leite y hasta el propio Toni Barrios (muy cercano a Horacio Cartes).

Cuando Nicanor habla, no lo hace desde la periferia del poder ni desde la improvisación, y menos sin conocimiento y estudio del caso, como si lo hizo un secretario de medio pelo como González.

Nicanor habla desde la experiencia de haber ejercido la conducción del Estado, de conocer las lógicas internas del poder real y sobre todo, de entender los tiempos políticos. Por eso, sus palabras nunca son inocuas ni circunstanciales, y hay que tomarlas como preludios de tiempos aún más difíciles, en casos de la no corrección de los puntos cuestionados.

Sus advertencias sobre la soberbia, sus cuestionamientos y hasta sus recriminaciones internas no pueden ser interpretadas como simples exabruptos o diferencias coyunturales, tienen un significado más profundo: son la manifestación de que algo no está funcionando dentro del propio núcleo del poder, y que puede implosionar en cualquier momento, llevándose consigo las chances partidarias de seguir en el poder de la república.

Cuando un referente de ese calibre rompe la inercia del silencio y decide hablar en esos términos, lo que está haciendo —en clave política— es marcar un límite, encender una alarma y, en cierta forma, anticipar consecuencias.
No es un comentario más, es un fuerte mensaje político en toda regla, para que se ponga el sayo a quien le venga.

En paralelo, lo de Gustavo Leite refuerza la misma idea, aunque desde otro ángulo, el de la pérdida de forma por ser un embajador en funciones.
Sus expresiones, alejadas de cualquier estándar diplomático, evidencian que el discurso oficialista ha dejado de ser estratégico para convertirse en reactivo, pues vemos que ya no se administra la palabra, simplemente se la descarga.

Lo que estamos viendo y viviendo, en definitivas, no es una serie de episodios aislados; es obviamente, un proceso, donde el oficialismo que empieza a hablar con múltiples voces deja entrever fisuras internas y voceros que reemplazan la prudencia por la reacción.

Y hoy, en Honor Colorado, esas voces ya no suenan alineadas, suenan inquietas y sobre todo, reveladoras.

Eso también tiene un nombre: pérdida de control político por falta de un liderazgo acostumbrado, el de Horacio Cartes, y cuando el poder entra en esa fase, el problema ya no es la crítica externa, es la implosión interna.

Compartir la publicacion

Subscribete

spot_imgspot_img

Popular

Más como esto
Related

QUÉ ESCONDEN? EXLEGISLADORES PAGARÁN MILLONES POR OCULTAR SUS PATRIMONIOS

Dejar el cargo y "olvidar" las cuentas claras parece...

LIBRE DE RESPUESTAS Y BAJO SOSPECHA: EL MILLONARIO NEGOCIO DE LA BASURA HOSPITALARIA EN EL IPS

El Consejo de Administración del Instituto de Previsión Social...

ENFRENTAMIENTO EN MAYOR OTAÑO DEJA UN MUERTO Y UN DETENIDO CON UN CARGAMENTO DE DROGA

Una violenta persecución policial con intercambio de disparos culminó...