Editorial
Otra vez, como si no hubiera aprendido nada, como si la crítica ciudadana fuera un premio y no una advertencia, Santiago Peña vuelve a humillar la investidura presidencial para rendir cuentas de su gestión, no al pueblo, representado por el congreso (cámaras de senadores y diputados), sino a su patrón: Horacio Cartes.
Este miércoles 25 de junio, una semana antes de comparecer ante el Congreso —como manda la Constitución—el presidente de la República se presentará primero ante la Junta de Gobierno de la ANR, como si la República fuera una colonia del Partido Colorado.
El mensaje es claro; la legalidad sobre la que debe descansar la estructura de la república del Paraguay puede esperar, la obediencia no.
¿Y qué recibirá Cartes? Probablemente un desfile de fotos de viajes inútiles, un resumen de “logros” inflados y una colección de halagos que rozan la vergüenza ajena. Porque Peña, una vez más, confunde rendición de cuentas del ejecutivo de la nación, con pleitesía, y gestión de Estado, con propaganda interna de comité.
Lo indignante es que este informe, más allá de donde lo presente, ya se torna increíble, es decir, nadie lo cree. Por más que se vista de rojo, por más que recite frases patrióticas y jure amor eterno a la ANR, Peña sigue siendo el mismo liberal que un día soltó sus convicciones más profundas, para trepar al poder de la mano de Cartes.
No hay épica en su conversión, solo conveniencia, no hay ideología, solo ambición.
El fanatismo impostado no convence a nadie. Su supuesta lealtad al partido colorado es tan real como su independencia: nula.
Peña es un converso de utilería, un presidente sin columna vertebral, que cambió principios por favores y legitimidad por sumisión. Y lo peor; se siente orgulloso de ello y lo demuestra con sonrisa de utileria a los cuatro vientos.
El 1 de julio irá al Congreso, pero ya nada de lo que diga importará. Para entonces, ya habrá entregado el alma institucional una semana antes. La República representada por el ejecutivo que deberá ser escuchada por el parlamento llegará vacía, sin voz, sin dignidad.
Y mientras tanto, el pueblo paraguayo, que no votó por el Patrón de la calle España, observará, callará, pero no lo olvidará.



