Habían pasado quince años desde que decidieron caminar juntos. Quince años que se tradujeron en cuatro hijos y en una rutina marcada por el esfuerzo unilateral, donde ella siempre terminaba siendo el sostén económico y emocional de un hogar que tambaleaba.
Sin embargo, la mañana del 13 de abril de 2025, el precario equilibrio que mantenía unida a esa familia se rompió para siempre en el interior de un inquilinato del que, para colmo, ya tenían una orden de desalojo por falta de pago.
Minutos después de las ocho, la tensión acumulada estalló. Ella descubrió que la traición se había metido en sus vidas: él le era infiel. El reclamo, lógico y doloroso, no encontró arrepentimiento en Rafael Ricardo Villalba Orrego, de 30 años, sino una furia ciega y una crueldad que meses después dejaría atónito al propio sistema judicial paraguayo.
Ella estaba sentada cerca de la mesa cuando empezó el ataque verbal. En un acto de desprecio absoluto, Rafael tomó un pedazo de manteca y comenzó a embadurnarle el rostro y el cabello. No buscaba solo lastimarla físicamente; buscaba anular su dignidad, ensañándose con su imagen. Después de la humillación, llegaron los golpes directos a la cara, con tanta fuerza que la cabeza de la mujer impactó violentamente contra la pared mientras los insultos no daban tregua.
Desesperada, la víctima intentó buscar refugio en la habitación, pero el hombre la alcanzó, la sujetó del brazo y le clavó los dientes en la mano. Cuando logró zafarse, extenuada y temblando, se acostó en la cama intentando recuperar el aliento. Fue en ese momento de total vulnerabilidad cuando Rafael se subió encima de ella y la tomó del cuello. El aire empezó a faltar y las arcadas lógicas del ahogamiento no tardaron en aparecer. Aunque la soltó por un segundo, volvió a oprimirle la garganta en cuanto ella intentó gritar por ayuda.
Los ruidos de la brutal agresión despertaron a los cuatro niños. La hija mayor, de apenas 13 años, se asomó a la escena y rompió en un llanto desconsolado al ver cómo su padre intentaba matar a su madre. Solo las lágrimas de la adolescente lograron frenar las manos del agresor, y la llegada providencial de la hija de la dueña del alquiler junto a dos policías terminó por poner fin a la pesadilla.
Los informes médicos posteriores revelaron la magnitud de la barbarie: un hematoma de quince centímetros en el brazo, mordeduras, raspaduras en el cuello, una inflamación en la nuca y el rostro completamente desfigurado por los golpes. No era la primera vez que ocurría; el historial del hombre incluía ataques previos a mordiscos y episodios de destrozos de muebles en el hogar.
El daño, sin embargo, ya había calado hondo en los niños, quienes según los peritos presentaban serios cuadros de tristeza, miedo constante a que sus padres se mataran, e incluso uno de ellos empezaba a imitar las conductas violentas del padre. A pesar del horror, la fiscal de la causa expuso la triste realidad de la dependencia emocional y económica que aún ata a la víctima a su agresor, un bucle del que le cuesta salir.
El Tribunal de Sentencia no tuvo dudas. El juez Darío Báez expresó abiertamente su indignación durante el juicio, remarcando que el uso de la manteca fue un acto calculado para denigrar y menoscabar a la mujer antes de intentar quitarle la vida. Por la gravedad y el sadismo de sus actos, Rafael Villalba Orrego fue condenado a seis años y seis meses de prisión por violencia familiar, cerrando así un capítulo de horror que quedó grabado en las paredes de aquel inquilinato y en la memoria de toda una comunidad.
Fuente: ABC Digital



