Las recientes declaraciones de Alberto Acosta Garbarino, presidente de Banco Familiar y de la organización DENDE, han generado sorpresa en el ámbito económico local tras deslizar una gravísima acusación al plantear que la crisis del Banco Máster en Brasil podría replicarse en Paraguay.
Si bien el debate sobre la solidez del sistema financiero siempre es saludable, la ligereza con la que se lanzan afirmaciones de este calibre resulta preocupante, ya que tiene el potencial de generar una incertidumbre innecesaria en uno de los pilares más estables de la economía paraguaya.
Sugerir la existencia de prácticas poco éticas o supuestos vínculos entre grupos financieros y sectores políticos sin identificar nombres, casos concretos ni evidencias es, cuanto menos, una irresponsabilidad. Las palabras de una figura de la relevancia de Acosta Garbarino tienen un peso institucional innegable, por lo que resulta llamativo que formule advertencias tan severas desde el anonimato de la generalización. Si existen entidades operando al margen de la ley o relaciones indebidas con el poder político, el camino correcto es la denuncia formal con nombres y apellidos ante las autoridades competentes, no la insinuación pública.
Para entender estas manifestaciones, es inevitable analizar el contexto actual del mercado. Durante décadas, el sistema financiero paraguayo estuvo dominado por un grupo reducido de actores que operaban en una cómoda zona de confort con escasa competencia.
Hoy el escenario ha cambiado radicalmente con la irrupción de nuevos jugadores, tecnologías avanzadas y modelos de negocio más agresivos que han dinamizado el sector. Aunque la competencia beneficia directamente a los usuarios y amplía el acceso a los servicios, parece haber generado una profunda incomodidad en los referentes tradicionales que hoy se ven obligados a innovar.
Esta postura crítica frente a los nuevos actores contrasta de manera evidente con la cercanía que estos mismos referentes mantuvieron con gobiernos anteriores y altas autoridades regulatorias, como los conocidos vínculos de Acosta Garbarino con el expresidente del Banco Central del Paraguay, José Cantero. La contradicción se vuelve aún más profunda al examinar los conflictos de interés y el fenómeno de las «puertas giratorias». Sería sumamente oportuno que Acosta Garbarino explicara a la ciudadanía cómo evalúa la reciente incorporación a su estructura empresarial de Humberto Colmán, exsuperintendente de Bancos del BCP durante el gobierno de Mario Abdo Benítez —una administración severamente cuestionada por denuncias de corrupción y utilización política de las instituciones—.
Resulta llamativo que quienes hoy levantan la bandera de la ética guarden un absoluto silencio cuando las situaciones se producen dentro de su propio entorno, dejando en el aire la duda de si estos principios regulatorios solo se aplican cuando los protagonistas son los competidores.
Medio: Ñanduti
Fuente: Jtorresromero


