En el rincón más vibrante de Massachusetts, bajo las luces de un Boston que atestiguó una de las mayores epopeyas del fútbol contemporáneo, Gustavo Alfaro no contuvo el alma.
Minutos después de que la selección paraguaya rompiera todos los pronósticos al eliminar a la imponente Alemania en una tanda de penales no apta para cardíacos, el estratega argentino compareció ante el mundo con los ojos encendidos de orgullo, regalando una declaración que ya quedó tallada en el mármol del deporte guaraní: «Para mí, sin lugar a dudas, fue la victoria más grande de mi vida».
La hazaña de meter a la Albirroja en los octavos de final de la Copa del Mundo no se cocinó únicamente con tácticas milimétricas o pizarras sofisticadas, sino con la pura esencia de la resistencia paraguaya. Alfaro, ampliamente reconocido en el continente como un auténtico «cazador de utopías imposibles», desnudó sus emociones al explicar la metamorfosis de un equipo que llegó al torneo mirando de reojo las críticas y se marchó del césped aplaudido por el planeta entero. El técnico insistió en que el verdadero milagro radica en el poder de transformación que adquiere un grupo humano cuando decide vaciarse por completo y ofrecer su corazón sin reservas en cada balón dividido, un rasgo que estos jugadores adoptaron como una religión desde el primer día de su ciclo.
«No reniego para nada de mis orígenes porque, en definitiva, es lo que nos define como tal, es lo que nos define como selección. Ahí es donde creo que termina estando la clave de todo», reflexionó el entrenador con la voz cargada de emotividad.
El relato de los 120 minutos de batalla extrema ante los tetracampeones del mundo y la posterior consagración en los penales, gracias a la monumental figura del arquero Orlando Gill, fue el lienzo perfecto para que Alfaro reivindicara las raíces del futbolista paraguayo. Lejos de las luces del lujo europeo, el entrenador elogió la estirpe humilde y aguerrida de un plantel que sabe lo que significa el sacrificio. Con una lírica conmovedora que ya es su sello personal, el estratega recordó que la identidad guaraní florece en la adversidad y que la clave de este impacto mundial no se encuentra en imitar estilos ajenos, sino en abrazar con orgullo la propia historia y la memoria de una nación que nunca se rinde ante los gigantes.
Con el eco de los festejos retumbando en las calles de Asunción y el país entero paralizado por la emoción, Paraguay ya se prepara para el siguiente paso en este viaje de ensueño. Mientras tanto, Gustavo Alfaro saborea el néctar de su obra cumbre, consciente de que ha devuelto la dignidad internacional a una camiseta histórica, pero con la mirada fija en el horizonte, despidiéndose con un deseo que bien podría ser una advertencia para los rivales que aún quedan en el camino: que esta inolvidable victoria sea solo la primera de muchas más en esta Copa del Mundo.
Fuente: ABC Digital



