La vergüenza nacional ya no conoce límites. El 23 de mayo, el Gobierno de la República del Paraguay emitió un tibio comunicado en el que informaba la sorpresiva desvinculación del Dr. Federico Mora como Viceministro de Educación Superior.
#Editorial
No se dio motivo alguno, solo la fórmula vacía de un reemplazo interino. Lo que no dijo el comunicado —pero todo el país ya sabía— es que ese mismo día se hizo pública una supuesta denuncia por abuso sexual infantil que, según el periodista Clari Arias, provendría del propio seno familiar.
Otros afirman que fue una psicóloga, alertada por la menor, quien activó el protocolo. Sea como fuere, el hecho es repugnante. Y el silencio del Gobierno es peor.
¿Qué se está encubriendo? ¿A quién protege el poder? ¿Por qué un funcionario clave, cercano al presidente y rumoreado como futuro candidato a la intendencia de Asunción, desaparece del mapa el mismo día en que estalla una denuncia tan grave, y el Gobierno no dice una palabra al respecto?
En un país con dignidad institucional, este hecho detonaría explicaciones inmediatas, investigaciones abiertas y una postura firme, pero aquí, como ya es costumbre, se optó por esconder, maquillar, sepultar.
Mientras tanto, Santiago Peña sigue de paseo por Asia, jugando a ser estadista internacional mientras en su propio entorno estallan escándalos de magnitud.
Su gobierno se desmorona en credibilidad y él, lejos de tomar el timón, sigue acumulando millas; el país queda en manos de su vicepresidente hace ya semanas, es decir, no solo hay vacío de liderazgo: hay suplantación de autoridad.
No olvidemos que este no sería el primer caso en que el cartismo cobija a figuras con prontuarios o sospechas pesadas. El senador Erico Galeano sigue tranquilamente ocupando su banca, a pesar de estar vinculado a la megacausa de narcotráfico y lavado “A Ultranza”. A algunos se los protege a cualquier precio. A otros se los descarta en segundos. Todo depende del pacto de poder, no de la verdad.
Es hora de decirlo con todas las letras; la salida de Mora no puede quedar envuelta en una maniobra de distracción. Si hay un hecho tan deleznable que lo apuntan en autoría, el país merece saber su grado de responsabilidad, porque si el poder vuelve a encubrir, entonces es también cómplice, porque tarde o temprano, el pueblo se los demandará.


