#Editorial
La escena que hoy vivimos en un acto en la ciudad de Luque fue más que un altercado circunstancial: fue la radiografía de un presidente que no soporta que la realidad que todos vivimos interrumpa su discurso.
Cuando la concejala Belén Maldonado se animó a interpelarlo, no recibió apertura ni argumentos para rebatir la petición, sino la inmediata descalificación del pedido, encasillándolo a “proselitismo político” y la orden tácita de ser expulsada a la fuerza.
Ese gesto no es un detalle menor; es un acto antidemocrático que refleja la intolerancia de un poder que solo quiere aplausos y escenarios blindados.
El comportamiento de Santiago Peña se explica en parte por su propio recorrido político, y se contrapone radicalmente a la esencia que se estila en el Partido Colorado, el consenso en el disenso, y será porque nunca fue colorado de esencia; fue liberal y tecnócrata, hasta que una tarde, movido por ambiciones personales, abrazó al “coloradísimo” de Horacio Cartes como trampolín hacia el poder, y le fue bien.
Su llegada no fue producto de convicción política, sino de conveniencia; tal vez por eso desconoce la historia y la naturaleza del partido que lo llevó a la Presidencia, y por eso hoy actúa en abierta contradicción con esa esencia.
El perfil psicológico que proyecta es claro: viajes constantes como válvula de escape y reafirmación de estatus, un incremento patrimonial notorio que despierta sospechas, rumores de infidelidades que minan su credibilidad y, sobre todo, una dependencia latente de Horacio Cartes, que lo mantiene atado al rol de secretario disfrazado de presidente.
Quiérase o no, esa combinación construye un liderazgo frágil, obsesionado con la imagen y la validación externa, la vanidad extrema y el oropel vacuo, incapaz de enfrentar el disenso sin estallar, como lo hizo en el acto en Luque, ante una desaprobación, y todavía debe acostumbrarse a estas situaciones, pues seguirán ocurriendo.
Ya tuvo un exabrupto similar un tiempo atrás, cuando, fuera de sí, espetó a compañeros periodistas del diario ABC Color, quienes le requerían respuestas haciendo su trabajo.
Lo ocurrido en Luque fue la muestra más cruda de esa debilidad. Peña no gobierna desde la fortaleza, sino desde el miedo a que se rompa su guion; esa es la percepción, pues su intolerancia no nace del poder, sino de la inseguridad de quien sabe que su legitimidad se sostiene más en favores recibidos que en convicciones propias. Y así, de liberal convenido que alguna vez fue, solo queda hoy un presidente intolerante que censura voces ciudadanas para no enfrentar la realidad que tanto lo incomoda.
Y como lo dijo @aleperaltamerlo respecto a este episodio: “¡Ven qué linda es la democracia! Cuidémosla a capa y espada. Aunque te “arranquen el micrófono”, no nos cansemos de prender la luz, porque donde hay luz, es más difícil que nos roben”, que así sea.


