EL ESTADO CONTRA EL ESTADO: EL DESGOBIERNO QUE YA NADIE PUEDE NEGAR

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#Editorial
Lo difundido por Radio Ñandutí en la entrevista al expresidente Nicanor Duarte Frutos dejó expuesta una verdad que ya venía corriendo en voz baja dentro del propio oficialismo.

Nicanor —que ha sido uno de los pocos actores importantes en lo político, que sostenidamente ha salido a respaldar públicamente al presidente Peña (incluso en los momentos más incómodos)— terminó por admitir que “nadie respeta al presidente” y que existe una ausencia total de conducción política de su parte.

Sus palabras no son una ruptura abierta, pero sí un movimiento obligado, una señal de que hasta quienes normalmente cargan con el peso de defender al coloradísimo en función de gobierno ya no pueden silenciar lo evidente, y hablan para advertir que, de persistir este desgobierno, el coloradísimo puede sufrir derrotas electorales como la ocurrida en Ciudad del Este.

Y mientras la entrevista apenas enciende la conversación y pone en tela de juicio un debate con ribetes interesantes, los hechos sostienen cada palabra con una claridad y verdad devastadora.

El Indert arremete contra Aduanas y la ANNP, como si pertenecieran a proyectos políticos distintos; el presidente de la ANDE decide cortar la luz a la Essap, sin considerar que eso condena a miles de familias a pasar horas y hasta días sin agua; y así, cada ente estatal actúa como compartimento de estanco, y sin una clara dirección presidencial, que ya algunos dicen, es el mejor operador de la oposición, dentro del coloradísimo.

La institucionalidad se fragmenta en feudos, la jerarquía se diluye en la improvisación y el sentido de gobierno desaparece.

Así, la entrevista no es el problema, tampoco el entrevistado, es simplemente el espejo que muestra el desastre y pinta la realidad que todos percibimos como ciudadanos.

Este caos no cae sobre los ministerios ni sobre las cúpulas políticas, sino sobre el ciudadano común, el que abre el grifo y no tiene agua porque la ESSAP quedó sin energía, y no tiene energía porque la ANDE decidió bajar la palanca de la nada.

Es un castigo directo a la gente más humilde, víctima de un Estado que perdió coordinación, respeto interno y sentido de misión pública. En un país con tantas carencias, la pelea entre autoridades de los entes públicos es un lujo absurdo que se paga con sufrimiento real.

Lo más grave es que este escenario no es consecuencia de un conflicto político externo; es el reflejo de un vacío de conducción que se siente en cada decisión improvisada, en cada choque institucional y en cada servicio que falla.

Los entes no responden a un orden común, el Ejecutivo no marca reglas, y el país funciona como un organismo sin sistema nervioso central, con ministros y ministras que se pasan posando para selfies y videitos para publicarlos en “TikTok”, desligándose del pueblo.

Por eso la intervención de Nicanor, aunque discreta (aún), resulta simbólicamente fuerte: cuando alguien que siempre sostuvo al coloradismo en el poder, con dialéctica sincera, siente la necesidad de salir a llamar al presidente, a que cumpla su función de timonel en un barco a la deriva, el mensaje es claro.

No se trata de una crítica interna más; se trata del reconocimiento de que el desgobierno ya no se puede seguir justificando.

El país no está ante una crisis política tradicional, está ante una crisis de autoridad, y cuando la autoridad se evapora, el caos se convierte en la norma y el ciudadano en rehén de un Estado que perdió el control de sí mismo.

Como diría el profe Herken, “duele decirlo, pero hay que decirlo”.

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