EL HAMBRE EN UN HOSPITAL ES UNA VERGÜENZA MORAL DEL ESTADO

Publicado:

#Editorial

La denuncia pública realizada por el Dr. Carlos Morínigo @carligmoaguino es un lamento más en redes sociales: es un golpe a la conciencia nacional.

Lo que el médico de planta describió desde el INERAM —un hospital que recibe a pacientes con tuberculosis, personas debilitadas, asustadas, sin familia, totalmente dependientes del sistema público— revela una realidad que debería estremecer al país entero.

Hoy, en pleno 2025, un hospital de referencia no tiene leche para dar a sus pacientes, y la comida que reciben, según él mismo exhibe, no es solo insuficiente: muchas veces parece sobra.

Las fotos acompañadas por sus palabras no necesitan interpretación técnica: muestran lo que nunca debió suceder en un servicio de salud. Un plato amarillento, gelatinoso, indigno, y obviamente un ser humano, no puede recuperarse con eso.

Un Estado decente jamás permitiría eso y lo estamos haciendo.

Y ocurre a la vista de todos, ocurre mientras debatimos temas superficiales, mientras autoridades repiten discursos ensayados, mientras la resignación se vuelve norma.

El propio Dr. Morínigo relata que hay pacientes que le dicen “doctor, tengo hambre”, pero que aun así tratan de conformarse con lo poco que hay. Esa frase debería clavarse en la conciencia y el alma de cualquier paraguayo de bien y más en sus autoridades sanitarias, la ministra de Salud a la cabeza.

La resignación no puede ser política pública, no puede ser parte del tratamiento del enfermo, no puede ser el estándar moral del país.

Lo dicho por el doctor, con dolor y con valentía, desnuda algo más profundo que una falta de insumos: desnuda la indiferencia de las autoridades ante el sufrimiento del más desposeído.

Él mismo reconoce que muchas veces los funcionarios del hospital deben poner de sus bolsillos para comprar lo mínimo indispensable; eso no es vocación, eso no es normalidad, eso no es compromiso del Estado, eso es abandono, inequidad y aceptar la existencia de hospitales de primera y hospitales de cuarta, como él lo expresa con contundencia.

Cuando un hospital público llega al punto de servir comida que parece sobras a los pacientes más vulnerables del país, no estamos ante un problema administrativo: estamos ante un fracaso moral y el sistema sanitario que debería proteger la vida termina reproduciendo la desigualdad, recordando a los pobres que deben conformarse con menos, que deben agradecer lo mínimo y que no pueden exigir dignidad.

La comida que mostró el Dr. Morínigo simboliza exactamente eso: la fractura entre lo que el Estado proclama y lo que realmente entrega.

Y aun así, se aclaró que no habla para atacar, sino por dignidad. Porque la dignidad también cura y porque el tratamiento no es solo antibiótico: es nutrición, calor humano, respeto, porque el silencio ya no es opción y obligación. Lo que este médico hizo fue lo que un sistema sano debería agradecer: levantar la voz cuando la injusticia se volvió costumbre. Y sí, como él mismo admitió, puede traer problemas, incomodar, molestar a quienes prefieren que nada se diga. Pero callar —y lo repite con fuerza— mata.

La indiferencia mata, y hay momentos en que hablar no es un acto de rebeldía, sino una obligación ética.

Lo que ocurrió en el INERAM, lo que el Dr. Morínigo tuvo el coraje de exponer, debe ser un punto de inflexión y no un escándalo pasajero, no una publicación viral que será olvidada mañana, porque un país que permite que los enfermos coman sobras, pierde más que recursos: pierde su humanidad.

Y parafraseando al querido profe Pablito Herken: Duele más que nunca decirlo, pero hay que decirlo.

Compartir la publicacion

Subscribete

spot_imgspot_img

Popular

Más como esto
Related

ESPAÑA REAFIRMA SU RESPALDO A LA RESOLUCIÓN 2797 Y A LA INICIATIVA MARROQUÍ DE AUTONOMÍA 

España ha expresado su satisfacción por la adopción de...

EL PEREGRINO DE LA AMBICIÓN: LATORRE Y LA FE DE LA CONVENIENCIA 

#Editorial ◾El presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Latorre,...