#Editorial
En Coronel Oviedo, una adolescente fue asesinada con una brutalidad que estremece. Su nombre era María Fernanda Benítez. Tenía 17 años y toda una vida por delante. Su cuerpo fue hallado abandonado en un baldío. Su muerte no fue un accidente ni una tragedia natural. Fue un crimen atroz que debería haber conmovido los cimientos del Estado.
Sin embargo, el gobierno está lejos, muy lejos. Mientras el pueblo llora y se estremece por este y otros acontecimientos delictivos, el presidente Santiago Peña está de gira, como tantas veces, como si el país que juró gobernar no necesitara de su presencia, de su voz, de su liderazgo.
En las calles, la gente protesta, llora, marcha y exige justicia. Rompen el silencio que las instituciones se empeñan en mantener. Reclaman no solo por la muerte de una joven inocente, sino por todo lo que ese crimen simboliza: una justicia débil, fiscales cuestionados por vínculos familiares con el acusado, un Estado ausente, que tiene a sus fuerzas públicas en una hibernación tal, que siempre llegan tarde o directamente no llegan.
Y, mientras tanto, el presidente sonríe en cumbres, posa en recepciones, se proyecta al mundo como si gobernar Paraguay fuera una oportunidad para construir una carrera personal, antes que una responsabilidad ética con los ciudadanos.
La agenda internacional del mandatario ha terminado por convertirse en un símbolo de desconexión absoluta, donde el poder se vive como privilegio y no como compromiso con los ciudadanos a quienes debe representar.
No se trata de criticar la diplomacia, sino de señalar una verdad irrefutable: no hay legitimidad internacional posible cuando el suelo nacional arde bajo los pies del pueblo. Un presidente ausente en el duelo, en la rabia, en la injusticia, deja de ser un líder para transformarse en un espectador, o peor, en un provocador.
La ciudadanía paraguaya no se está enervando y saliendo ya a las calles por instinto; lo hace por saturación. Porque cada crimen impune, cada fiscal que encubre, cada marcha ignorada, cada viaje innecesario, cada sonrisa desentonada desde el extranjero, es una bofetada más a quienes ya no encuentran consuelo ni en las instituciones ni en sus representantes.
Hoy la República no necesita una foto institucional más. No necesita discursos grabados ni promesas abstractas. Necesita presencia. Necesita responsabilidad. Necesita un gobierno que sepa ponerse en la vereda del pueblo, no por estrategia, sino por humanidad.
Porque mientras el país vela a su hija, el presidente no puede seguir acumulando millas. Porque gobernar no es despegar e irse de viaje, es quedarse y ejercer el gobierno con mano dura. Es bajar, es mirar a la gente a los ojos y asumir que el dolor del otro también te pertenece. Y si esa empatía básica no existe, entonces ya no hablamos de ausencia política: hablamos de vacío moral.
El país está de luto. Y el presidente de gira.
Y esa es, hoy, la más dolorosa imagen del Paraguay. Duele decirlo, pero hay que decirlo, como decía el maestro Herken.



