LOS ROLEX Y LA CAMIONETA DEL PRESIDENTE

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#Editorial

Nunca antes un mandatario paraguayo había estado bajo un manto de sospechas tan espeso sobre su honestidad personal. No se trata ya de rumores ni de disputas políticas, tampoco de propagandas sectarias, sino de una percepción social que cala profundo: la de un presidente que prometió renovación y aire fresco a la política, pero terminó siendo igual a muchos.

Aquella imagen de juventud, modernidad y esperanza se fue desmoronando entre vida pomposa, mansiones de ocio, relojes de lujo, viajes improductivos, sobres con dinero, y ahora, hasta camionetas de alta gama de dudosa adquisición, y quién sabe cuántas otras cosas más, que ya queda al arbitrio del imaginario popular.

La figura que alguna vez representó la promesa de una nueva generación, hoy se diluye entre símbolos de ostentación que hieren a un pueblo cansado, empobrecido y que se siente traicionado, especialmente los jóvenes, quienes se vieron reflejados en la figura que proyectaba el mandatario.

Porque mientras miles de familias paraguayas luchan para pagar la luz, el gas o llenar una olla, formando filas para comprar productos cárnicos en rebaja, y trabajando sin cesar para alcanzar fin de mes, el jefe de Estado, exhibe un estilo de vida que no se compadece con el sacrificio de su gente.

Y que se entienda bien una situación: no es solo el reloj, no es solo la camioneta ni la mansión en Sanber ni la vida ostentosa y opulenta que transmite, es lo que representan estos excesos: el abismo moral entre el discurso y la realidad.

Lo más grave no es el lujo, sino la indiferencia, la falta de empatía de quien parece haber olvidado de dónde viene y el mandato que ejerce.

Un presidente que no teme mostrar poder ni riqueza en un país donde la mayoría sobrevive al día, demuestra que ya perdió el sentido del límite y eso sí que es sumamente peligroso.

La juventud no garantiza pureza cuando el alma envejece tan rápido al contacto con el poder, y esa es, quizá, la mayor decepción de esta historia: descubrir que el supuesto aire fresco no era más que un disfraz del mismo sistema que prometía combatir.

La corrupción no siempre se mide en sobres ni en licitaciones; a veces se mide en gestos, en señales y en la arrogancia de quien exhibe un reloj de millones mientras su pueblo se ahoga en deudas, en la impunidad con que se usa un vehículo de difuso origen, en la frialdad con que se confunde autoridad con superioridad.

El pueblo paraguayo ya no necesita discursos, ni palabras grandilocuentes que disocian la realidad; necesita coherencia, porque quien de verdad quiere servir, no ostenta, y quien de verdad tiene vocación, no se esconde detrás del brillo de un Rolex.

Ya lo decía un viejo adagio romano atribuido a Gayo Julio César, que trascendió siglos pero que sigue vigente hasta nuestros días: “La mujer del César no solo debe ser honrada, sino que también debe parecerlo”. A buen entendedor…

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