El slogan de campaña de cada candidato es la carta de presentación ante la sociedad; es un compromiso ineludible que debe ser honrado si este llega al poder. «Vamos a estar mejor» fue el de Santiago Peña, un joven prometedor que estudió afuera, de buena presencia y que parecía que hablaba con la verdad, pues así se presentaba. Muchos le creyeron, y depositaron su confianza en él y más que nada en esa formación que proyectaba.
Vamos a estar mejor no era un simple slogan, era la puesta en escena de la esperanza, una quimera, algo que nos ponía en un lugar superior en el que estábamos, cada quien partiendo desde su posición. No estábamos mal, pero como íbamos a estar mejor, todo el mundo estaba feliz.
En el gobierno anterior las obras de infraestructuras no escasearon; es más, se dio un salto gigantesco en ello. Con el «vamos a estar mejor» creímos que las inversiones al menos se duplicarían, no ocurrió así; al contrario, las calles están destrozadas, no estamos en guerra, pero los cráteres de baches de nuestras rutas nos recuerdan algún bombardeo. La única que no lo ve es la ministra del MOPC.
Había dinero en el mercado, con el vamos a estar mejor, decían; se pensaba: habrá mucho más, y no es así.
El dólar, la moneda que maneja la economía mundial, costaba a razón de G. 6.000; con él vamos a estar mejor y se pensó que bajaría; hoy está casi a G. 8.000.
En la pandemia se construyeron hospitales, se dotaron de camas de terapia intensiva y no faltaban medicamentos; los médicos eran imprescindibles; con el «vamos a estar mejor» y se pensaba que la salud estaría a niveles de EE.UU., el Sirio Libanés de Brasil, el Garrahan o el Favaloro de Buenos Aires, y no es así; es más, los médicos pasaron a ser personal desechable como las jeringas o los guantes.
Los comestibles de toda laya eran comprables en los mercados municipales; los famosos «vení, compra mi reina, mi rey, que te ofrecemos» son términos que hoy desaparecieron con el «vamos a estar mejor».
Las dos binacionales, que otrora invertían en el desarrollo social de la nación (salud, educación, apoyo a productores, etc.), hoy, con el slogan de «vamos a estar mejor», invierten (si lo hacen) en compra de bienes que solo dejan ganancias para las clases más pudientes, dueños de las grandes proveedoras del Estado, conocidos por dar jugosas comisiones a la Corona.
En fin, podemos hablar de muchas cosas más de las que podríamos estar mejor, pero es obvio que el slogan solo sirvió para algunos que están en el poder. Solo ellos están mejor; están mejor los nepobays, los que compran y construyen casas pareadas en Samber con el hambre cero, los que viajan a cada acontecimiento internacional e imponen presencia en cada asunción presidencial y, si es posible, de cualquier alcalde desconocido con tal de salir del país; solo están mejor los y las amantes nombrados en las binacionales con jugoso salario, los fiscales nombrados con quienes copan y someten a la justicia con la «lista del comando» y manejan los tres poderes del Estado a su gusto y paladar; esos sí ya están mucho mejor.
El pueblo aún espera, cual entelequia utópica, al decir de Eduardo Galeano; a cada paso que nos acercamos, el «vamos a estar mejor» se aleja dos.



