El invierno golpea con fuerza afuera, pero dentro del recién inaugurado albergue de la Unidad de Emergencias Médicas de Adultos del IPS Central, el ambiente se siente extrañamente tibio.
Paredes cerradas, calefacción encendida y sesenta y tres literas nuevas prometían ser el refugio perfecto para esos cientos de familiares que llegan desde los rincones más profundos del interior del país, con los bolsillos vacíos y el alma en un hilo, a esperar la recuperación de sus enfermos.
La millonaria inversión estatal, que oscila entre los veinticinco mil y cincuenta mil millones de guaraníes, buscaba devolver un poco de dignidad a la vigilia. Sin embargo, en los pasillos de este nuevo techo, el alivio dura lo que dura un suspiro. Bastan unos minutos de ausencia para descubrir que la comodidad prometida tiene una grieta invisible, pero peligrosa: la desprotección total.
El albergue, habilitado de forma anticipada por las bajas temperaturas, se ha convertido en una especie de tierra de nadie donde la desconfianza flota en el aire. Los termos, los bolsos con ropa y hasta los propios colchones se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos. No es una exageración literaria, es la realidad diaria de los usuarios. Una mujer relata con impotencia cómo fue a la ventanilla médica a recibir el reporte de salud de su pariente y, al regresar a su cubículo, el colchón de su litera ya no estaba.
La marea humana de personas que entran y salen constantemente genera una confusión permanente, una danza de apuro y necesidad donde las pertenencias ajenas cambian de manos sin control.
Quienes habitan temporalmente este espacio viven con el corazón en la boca. La paradoja es desgarradora: si los médicos llaman por una emergencia, el familiar corre desesperado dejando todo atrás; al volver, corre el riesgo de haberlo perdido todo. Para colmo de males, la seguridad institucional brilla por su ausencia. Desde la propia jefatura del Servicio Social admiten con crudeza que el instituto no cuenta con guardias de seguridad desde hace tres años, delegando toda la vigilancia a la comisaría vecina, cuyas patrullas no bastan para contener el movimiento interno.
La enorme tarea de coordinar el ingreso de los familiares, mediar en los conflictos por los colchones y contener el dolor de la gente recae sobre los hombros de una sola trabajadora social, que se multiplica para paliar la falta de personal mientras su compañera está de vacaciones. Las solicitudes para incorporar un coordinador permanente naufragan siempre en el burocrático océano de la falta de recursos humanos.
Al drama de cuidar los bolsos se le suma el calvario de la salud pública. En el mismo suelo del albergue, hombres como Virgilio, un encarnaceno que lleva casi tres décadas aportando al sistema, mastican la rabia de tener que pasar la noche en vela mientras intentan descifrar cómo conseguir mil quinientos dólares para comprar un insumo médico que el hospital debería garantizar, pero no tiene. Así, entre el frío amortiguado por las nuevas paredes y el miedo constante a perder lo poco que les queda, los familiares del IPS Central demuestran cada noche que un techo moderno no basta cuando lo que falta, profundamente, es el cuidado humano.
Fuente: UltimaHoracom




