Lo que parecía un desafortunado roce de vehículos frente a su casa en Asunción terminó convirtiéndose en una pesadilla orquestada con precisión quirúrgica. El exsenador Armando Espínola Wiezell descendió de su automóvil con la intención genuina de ayudar; creía que el impacto en la parte trasera de su coche era un accidente y que el motociclista que yacía en el asfalto necesitaba auxilio. Sin embargo, la solidaridad fue el anzuelo de una trampa mortal.
En cuestión de segundos, la escena de auxilio se transformó en un asalto violento. Un segundo atacante surgió de la nada y, sin mediar palabras amables, le hundió el cañón de una pistola directamente en el pecho. Bajo la fría presión del metal y un acento caribeño que dictaba órdenes sin titubear, la exigencia fue una sola: “Entregá el reloj”. No buscaban su billetera, ni su vehículo, ni su celular; los delincuentes sabían exactamente qué brillaba en su muñeca antes de dar el primer golpe.
El botín no era cualquier accesorio. Se trataba de un Rolex valuado en 25.000 dólares, pero para Espínola, el precio de mercado era lo de menos. Aquella pieza de lujo era el legado de su padre, un objeto que lo acompañó durante toda su vida y que cargaba con un valor sentimental incalculable. La frialdad del ataque sugiere que el exlegislador fue marcado previamente, víctima de una logística criminal que no dejó nada al azar para arrebatarle un pedazo de su historia familiar en la puerta de su propio hogar.
Fuente: Ñanduti


