Detrás de la pantalla de una computadora o de un teléfono celular, el acoso no deja marcas visibles a simple vista, pero cala hondo en la tranquilidad cotidiana. Esto es precisamente lo que enfrentan ocho funcionarias del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra, quienes hoy libran una encarnizada batalla en los tribunales para recuperar algo tan fundamental como su paz y su seguridad personal.
La historia dio un giro dramático cuando la jueza de Paz de San Roque, María Ester Salinas, decidió dejar sin efecto las medidas de protección que mantenían a resguardo a las trabajadoras.
Lejos de resignarse frente a esta desprotección, las víctimas alzaron la voz e interpusieron un recurso de apelación que puso en marcha una segunda oportunidad judicial. El expediente y la esperanza de las trabajadoras descansan ahora en el despacho del juez de Primera Instancia, Heinrich Fabián von Lücken. Es él quien tiene en sus manos la responsabilidad crucial de decidir si confirma el polémico fallo anterior o si, por el contrario, reencauza el proceso para brindar el amparo necesario.
Las denunciantes sostienen con firmeza que la primera instancia pasó por alto pruebas esenciales que jamás fueron investigadas ni producidas. Entre el laberinto de publicaciones hostiles y ataques constantes vertidos desde un perfil de Facebook, la identidad de la persona detrás de la cuenta sigue siendo un misterio sin resolver. Para las funcionarias, destapar el anonimato de ese perfil no es un capricho formal, sino la clave definitiva para esclarecer los hechos, frenar la violencia digital e imputar las responsabilidades correspondientes.
La expectativa en los pasillos judiciales es máxima, ya que la resolución que emita la segunda instancia no solo dictaminará la suerte de estas ocho mujeres, sino que también sentará un precedente sobre cómo la justicia enfrenta las nuevas formas de violencia en el ámbito digital. Las afectadas aguardan con expectación una respuesta justa que restituya de inmediato los mecanismos de protección solicitados y permita, finalmente, la producción de todas las evidencias ninguneadas en el inicio del caso. Sin pruebas completas no hay verdad posible, y sin la restitución de las medidas cautelares, el riesgo sigue latente día a día.



