PEÑA PERDIÓ EL RUMBO: ENTRE SOBRES, HUMILLACIÓN Y LUJURIA DE PODER

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#Editorial

La investigación de ABC Color, titulada “Los sobres del poder”, expuso al Paraguay y al mundo lo que hasta ayer parecía rumor de pasillo y secreto a voces: en Mburuvicha Roga circulaban sobres de dinero con frecuencia y mecánica sistemática.

No es un hecho aislado ni una filtración maliciosa; es el retrato del funcionamiento del poder bajo el mando de Santiago Peña, y lo dicho por una exempleada presidencial no hace más que confirmar que el dinero se convirtió en el lenguaje cotidiano del Palacio y la casa presidencial.

Pero el dinero, aunque escandaloso, no es lo único ni lo más degradante; lo peor es la reacción del propio presidente, ya que Peña eligió mirar hacia otro lado, como si la responsabilidad le fuera ajena, y descargó toda la furia en sus hoy exfuncionarios de confianza. Los hizo pasar por el polígrafo, como si las máquinas pudieran absolver su propia conciencia, y luego los despidió sin misericordia; los trató no como colaboradores leales, sino como sospechosos de alta traición.

Esa actitud es el espejo de un liderazgo extraviado; el poder se blinda, y los inocentes pagan el costo.

Este episodio no solo lo muestra débil, sino mareado por la lujuria del poder; Peña se ha sumergido en una laguna de privilegios que lo distancia de la realidad de sus compatriotas. Mientras la gente soporta hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, calles inseguras y salarios que no alcanzan, el presidente se pierde en un microclima de sobres con millones esparcidos hasta bajo los muebles del quincho de la casa donde habita, más los escoltas y discursos huecos.

Santiago Peña habla de futuro, pero gobierna como rehén del pasado; promete transparencia, pero su administración se mueve en la oscuridad de sobres cerrados. Se proclama moderno, pero aplica métodos arcaicos: humillación, miedo, persecución interna y degradación de las personas que son sometidas a tratos crueles e inhumanos, y prohibidos en su esencia misma por nuestra Carta Magna y tratados de derechos humanos, que son ley de la nación.

Y en esa contradicción, no solo se desploma su credibilidad personal: se erosiona la dignidad de la institución presidencial.

Peña se muestra incapaz de asumir la responsabilidad que le corresponde, porque prefiere el espectáculo de culpar a subordinados antes que dar la cara al país. Prefiere resguardarse en su círculo de confort antes que escuchar a su pueblo. Prefiere seguir mareado en la lujuria del poder antes que reconocer que perdió el rumbo.

La pregunta es inevitable: ¿puede gobernar un presidente que confunde autoridad con reparto de sobres y liderazgo con soberbia? El Paraguay no necesita un administrador de sobres, necesita un estadista. No necesita un mandatario mareado por el poder, necesita un hombre consciente de la realidad nacional.

Porque lo que se ha revelado en ABC Color no es un simple escándalo nacional e internacional, es la radiografía de un presidente que decidió vivir de espaldas a su pueblo, refugiado en Mburuvicha Roga, mientras el país real sangra en cada hospital, en cada aula y en cada barrio inseguro.

Santiago Peña puede seguir mareado en su laguna de privilegios, pero el Paraguay no está obligado a hundirse con él.

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