Lo que comenzó como un caso aislado (Hernán Rivas) hoy revela algo mucho más preocupante; pues, no estamos ante un error administrativo o una isla en el inmenso océano del saber, estamos ante todo un sistema que podría haber sido utilizado para fabricar legitimidad en los cargos públicos y demostrar solvencia o capital intelectual, donde no existe mérito.
#Editorial
El silencio sepulcral del concejal Nasser Esgaib no es menor y asiente la tesis expuesta por el diputado Raúl Benítez. Sabido es que en política, callar ante una acusación de esta magnitud no es prudencia, es una señal inequívoca de la veracidad de la acusación y más aún, cuando el diputado Raúl Benítez no solo sostiene la denuncia, sino que la amplía, apuntando también al legislador Yamil Esgaib, padre del primero.
Pero si bien el eje primario del escándalo gira en torno a títulos expedidos por la Universidad Sudamericana, formalmente válidos en apariencia, pero potencialmente vacíos en sustancia y por ende falsos, ese es el punto crítico, pues no se trata de documentos falsificados burdamente, sino de algo mucho más grave: documentos auténticos respaldando trayectorias académicas inexistentes.
La declaración del exdecano de dicha universidad, Óscar Rodríguez Kennedy, agrega una capa aún más perturbadora, ya que incluso admitió presiones para firmar el título del senador Hernán Rivas, y esto no solo compromete a quienes se beneficiaron del asunto, sino que expone un mecanismo de coacción interna que desnuda la fragilidad institucional del sistema educativo.
Y si hubo presión en un caso, la pregunta es inevitable: ¿cuántos títulos “mau” más habrá en el mercado? Por eso, el caso ya desborda a la universidad Sudamericana, ya que lo que empieza a emerger es un patrón cultural y político más profundo. El análisis del abogado Jorge Rolón Luna sobre el entorno del vicepresidente Pedro Alliana introduce un elemento clave en la ecuación: la proliferación de títulos en la rama de “Relaciones Internacionales” dentro de un mismo círculo político, sin correlato visible en producción intelectual, trayectoria académica o especialización real.
Y aquí aparece un dato que, de confirmarse en toda su dimensión, resulta directamente incómodo; ¿será que el propio Pedro Alliana, su esposa —la diputada Fabiana Souto— y el actual director de la Entidad Binacional Yacyretá, Luis Federico Benítez Cuevas, compartieron promoción en esta suerte de “universidad de garage (literal)” en la lejana Pilar? La sola formulación de esta pregunta grafica el nivel de desconfianza que hoy rodea a estos títulos.
La situación en Pilar (Dpto. de Ñe’embucú), con esta carrera replicándose en un entorno donde su salida profesional es, cuanto menos, discutible, abre otra pregunta incómoda: ¿estamos ante vocaciones académicas genuinas o ante carreras funcionales a la construcción de perfiles políticos para ocupar cargos? Cuando una misma disciplina se convierte en denominador común de un círculo de poder, sin evidencia de pensamiento, debate o producción, la sospecha deja de ser malicia y pasa a ser lógica.
Aquí ya no se trata solo de si un título es verdadero o falso, se trata de si el sistema educativo está siendo instrumentalizado para otorgar una pátina de legitimidad a quienes deben tomar decisiones públicas; he ahí lo infinitamente más grave.
Lo verdaderamente alarmante es que este esquema no sería excepcional, sino replicado, pues la hipótesis que hoy toma fuerza es la existencia de una estructura capaz de producir títulos “legales” sobre bases académicas inexistentes. Un fraude sofisticado, difícil de detectar a simple vista, pero devastador en sus consecuencias, cuando son “pillados”.
Porque aquí no solo está en juego la credibilidad de una universidad, está en juego la confianza en las instituciones, en la formación de quienes legislan, administran y representan al país, en el valor mismo del mérito. Si quienes ocupan cargos públicos pueden exhibir credenciales sin haber transitado el camino que esas credenciales exigen, entonces el sistema entero queda viciado desde su raíz.
El silencio de los señalados no hace más que profundizar la sospecha; ergo, la falta de explicaciones, lejos de disipar dudas, las multiplica, ya que lo que viene podría ser aún más grave: nuevos nombres, distintos partidos y un mismo patrón. Cuando el problema deja de ser individual y pasa a ser transversal, ya no estamos frente a un escándalo aislado; estamos frente a una crisis que apenas empieza a mostrar su verdadero tamaño.
Tal vez, pero solo tal vez estemos equivocados, pero es lo que se advierte desde una mirada real y lógica. Y como diría el extinto profesor Herken: “Duele decirlo, pero hay que decirlo”.



