#Editorial
Hay una regla no escrita en la política: quien escribe una biografía revela tanto del biografiado como de sí mismo. Y en ese sentido, que Horacio Cartes sea narrado por José Ocampos dice más del estado del cartismo que cien discursos partidarios.
“Horacio Cartes. La vida y obra de un líder que transformó al Paraguay”, reza el título del libro. Según su autor, allí se expone “la epopeya contemporánea de un hombre que frente a los desafíos del globalismo sale adelante”.
La pregunta es inevitable: ¿qué puede entender de epopeyas quien no logra ordenar ni su propia situación administrativa?
Porque cuando el mensajero es débil, el mensaje pierde fuerza, y cuando el narrador carece de trayectoria, rigor y prolijidad, el relato se vuelve caricatura.
José Ocampos no es un intelectual reconocido, tampoco un historiador, ni siquiera un analista con peso propio; es un expresidente de una empresa estatal hoy quebrada, con un tránsito errático por el Ministerio de Agricultura y Ganadería y actualmente refugiado en la Entidad Binacional Yacyretá, bajo la clásica figura del comisionado eterno.
Un funcionario de menor cuantía, que no tuvo un paso feliz por administraciones públicas en que le tocó estar y hasta declaraciones juradas desactualizadas, dignas de ser auditadas.
Ese es el autor de la “epopeya” y no sorprende entonces que, según fuentes internas del propio cartismo, Horacio Cartes se haya mostrado profundamente molesto con la presentación del libro. No por modestia, sino por desprolijidad.
En el mundo de Cartes, donde el poder se cuida como una vitrina, que lo representen mal es casi una traición, de ahí su enojo hoy, incluso con el primer mandatario Santiago Peña.
Pero la responsabilidad no termina en Ocampos; detrás de él está Eduardo “Presi” González, jefe de gabinete de la Junta de Gobierno de la ANR y, al mismo tiempo, jefe político y administrativo de Ocampos en Yacyretá, donde funge como asesor jurídico, y un personaje que encarna como pocos la burocracia inflada: mucho cargo, poco pasillo, poca estatura política.
El típico operador que confunde cercanía con influencia y cree que el poder se hereda por ósmosis y no por peso estructural.
Que desde esa jefatura se permita semejante exposición pública habla de algo más grave que un error: habla de mediocridad, porque cuando los cuadros son chicos, los errores son grandes.
Así, el intento de construir una figura histórica termina siendo saboteado por quienes dicen servirla. La épica se vuelve panfleto, el homenaje se vuelve torpe y el relato se cae por el peso de quienes lo sostienen.
En política, no todos están habilitados para contar historias grandes, de grandes personajes, y Cartes, pese a algunos, lo es, pero cuando los encargados del relato son figuras grises, sin brillo propio ni orden jerárquico mínimo, lo único que logran es dejar en evidencia que el problema no es el libro, sino quiénes rodean hoy al poder.
Y eso, probablemente, fue lo que más molestó a Cartes, no el contenido, el mensajero.


