Lo revelado hoy por el senador Carlos Núñez en ABC Cardinal marca un momento decisivo en la política paraguaya. Núñez confirmó, sin rodeos, que él, Erico Galeano y Alfonso Noria abandonan Honor Colorado, pero lo más explosivo fue su afirmación de que en los próximos meses llegarían a ser nueve los senadores de Honor Colorado que saldrán para acoplarse a una multibancada y hacer fuerza junto a otros sectores. Esta no es una escaramuza menor: es un golpe frontal al corazón del oficialismo y la evidencia más clara del desgaste de un movimiento que ya no contiene, no dialoga y no inspira a su propia base.
El motivo de esta estampida tiene un denominador común que se repite en todos los niveles: la indiferencia del presidente Santiago Peña, que no escucha a los dirigentes de base, ignora a los propios senadores y ha logrado lo impensado en política: que su propia estructura empiece a caminar hacia la puerta de salida. Lo que antes se decía en voz baja hoy es público. El oficialismo ya no es un espacio de conducción, sino un espacio de frustración.
Pero el golpe a Peña vino acompañado de algo que sacude directamente a Horacio Cartes; Núñez denunció al aire que existe beneplácito al contrabando y recaudaciones paralelas realizadas por el titular de la DNIT, un señalamiento gravísimo que expone la descomposición interna y, sobre todo, la pérdida total de control dentro del aparato cartista.
Cuando un senador de su propio movimiento afirma esto en vivo, no solo cuestiona a un funcionario; cuestiona a todo un sistema de poder que se ha sostenido precisamente por la disciplina y la línea vertical que hoy están en ruinas.
Y es que esta ruptura no ocurre porque los disidentes hayan encontrado un nuevo liderazgo, pues todavía no hay un timonel, no hay un jefe unificado, no hay un conductor visible, pero hay algo mucho más fuerte: la convicción de que Honor Colorado dejó de ser un barco con rumbo.
Y cuando el oficialismo pierde su orientación, la disidencia —aunque aún sin rostro definido— empieza a convertirse en un polo real de poder. Nueve senadores que se articulan fuera del cartismo significan una reconfiguración del Senado, un golpe directo a la supremacía que Cartes manejó durante años, y el anuncio de que la hegemonía oficialista ya no está garantizada.
Honor Colorado, que alguna vez se presentó como una máquina política imbatible, enfrenta hoy su peor grieta interna. Lo que está ocurriendo no es producto de conspiraciones externas, es consecuencia del desgaste progresivo de un liderazgo presidencial inerte y de un liderazgo partidario que perdió su capacidad de contener, persuadir y ordenar. La fractura viene de adentro, y ese es el síntoma más letal para cualquier proyecto de poder.
Lo dicho por Núñez, sumado al futuro éxodo anunciado de nueve senadores, abre un nuevo escenario en el que el oficialismo entra en un período de erosión abierta. Y mientras Peña se mantiene indiferente y Cartes pierde ascendencia, la disidencia —sin un conductor de timón, pero con un peso político que ya nadie puede ignorar— empieza a ocupar un espacio que puede redefinir la arquitectura del poder nacional.
Esto, más que un episodio, es la señal clara de que el desgaste del oficialismo ya se volvió irreversible.



