#Editorial
Santiago Peña nunca militó, no luchó por un cargo, tampoco construyó una base propia; simplemente fue puesto, designado y cargado en andas por el dedo todopoderoso de su patrón. Así llegó a la presidencia. Y así se comporta: como un empleado que de golpe heredó el trono, y en lugar de gobernar, lo usa como pasarela para exhibirse.
No entiende el poder, lo confunde con privilegio, y por eso se dedica a vivirlo, no a ejercerlo. Porque a Peña lo deslumbró el cargo, lo hipnotizó el jet set, lo embriagó la alfombra roja. De pronto, ya no le bastó con la foto oficial en el país al lado de autoridades locales: quiso otras, con líderes mundiales, con jeques, empresarios, y hasta con modelos. Y Paraguay quedó abajo, solo, hecho un caos, sin timonel en aguas tormentosas.
En las últimas horas, incluso el embajador de Francia (un diplomático, no un opositor) rompió el silencio: “El presidente viaja mucho”, dijo.
La frase, seca como bofetada, reveló lo que el pueblo viene murmurando con rabia hace meses: Peña no está y, obviamente, no gobierna. Solo viaja y se exhibe, abstrayéndose de nuestra lacerante realidad.
¿Qué hace un presidente cuando le duele más una crítica que una crisis? ¿Qué clase de estadista hace convocar a un embajador por decir la verdad, pero no convoca a sus ministros ante el colapso del sistema de salud, el crimen impune de una adolescente, la inseguridad que a diario sufrimos, las rutas que son trampas mortales o el hambre que se respira en las escuelas?
La respuesta es sencilla: tenemos un presidente de cartón, un decorado institucional, viajero frecuente con banda presidencial con más millas que todos sus antecesores desde la era democrática.
Peña no manda en el país, gobierna desde afuera si a eso se le puede llamar gobernar; más bien posa. Y en ese juego frívolo de vanidad, Paraguay queda rehén de una figura vacía, sin temple ni rumbo.
Su desconexión no es solo insultante: es peligrosa. Porque mientras él presume en foros internacionales, el país real —el de los que madrugan, los que no llegan a fin de mes, los que entierran hijos sin justicia— está en llamas. Y lo sabe, pero no vuelve. No desciende del avión y, si lo hace, es para preparar otro vuelo.
Hoy más que nunca, Paraguay no necesita un presidente elegante. Necesita uno presente. No un modelo de protocolo, sino un líder con coraje, porque mientras Peña siga jugando a ser rey, el pueblo se hundirá sin capitán. Y llegará el día —si no llegó ya— en que la paciencia se transforme en furia, y la historia no será amable con los que confundieron la Presidencia con un club VIP.



