Editorial
Entre las noticias que se mediatizaron este fin de semana están la renuncia masiva de profesionales médicos anestesiólogos del IPS y los astronómicos sueldos de parientes y allegados de la clase política.
Mientras los médicos del país siguen esperando insumos, equipos que funcionen y un salario digno, Itaipú Binacional continúa repartiendo su presupuesto como botín político entre parientes, exdiputados y operadores del poder de turno. No hay un solo color político para ello; tanto colorados, liberales, como miembros de otros partidos, están enquistados en el presupuesto público y las binacionales.
En un país donde un médico del sistema público gana menos de 5 millones de guaraníes al mes por vínculo, un “asesor especial de turismo” sin mérito técnico alguno puede llevarse 70 millones al mes, no por capacidad, sino por apellido, no por vocación, sino por conexión.
¿Qué cuestión de valía puede aportar una asesoría especial en “Turismo” en una binacional, donde la tecnicidad en producción de energía debe ser el principal objetivo?
El contraste es indecente: los hospitales se caen a pedazos. Pero la burocracia dorada sigue creciendo como una metástasis que carcome el presupuesto en los entes binacionales. Pues donde debería haber ingenieros, hay sobrinos; donde se necesitan técnicos, hay operadores políticos; donde se exigen méritos, hay lazos de sangre y títulos de nobleza.
Esa es la verdadera radiografía del Estado paraguayo: médicos que trabajan sin dormir, sin guantes, sin anestesia, con un sueldo no acorde a su sapiencia… y asesores que “trabajan” sin sonrojarse y cobran sueldos de primer mundo, solo por “asesorar”.
Un país que paga fortunas a los amigos del poder mientras castiga con indiferencia a quienes sostienen su salud no está enfermo: está moralmente quebrado.
Cuando el bisturí cae por cansancio, el silencio en los quirófanos tiene más dignidad que los discursos del poder, porque mientras los que curan al sufrido pueblo paraguayo se agotan en guardias interminables y salarios miserables, los que parasitan del Estado duermen tranquilos sobre los colchones millonarios de sus ganancias mensuales.
Y ahí se resume todo: Paraguay no premia el mérito, premia el parentesco, no recompensa el sacrificio de años de estudios, dedicación y esfuerzo por especializarse, recompensa la lealtad partidaria, a las esposas, esposos, hijas, hijos y hasta parientes lejanos del poder político.
Por eso los hospitales se vacían de profesionales médicos, y los despachos públicos se llenan de parásitos kafkianos, y hasta que no cambie esa ecuación —que los que salvan vidas ganen lo que valen y los que viven del Estado rindan cuentas—, seguiremos siendo un país donde el esfuerzo no paga lo que debe, y la parentela tiene salario de primer mundo.
Tal vez este sea un escrito de editorial que será olvidado mañana, pero habrá cumplido su propósito si es la forma de atraer a otras golondrinas.



