Hay momentos en los que la política deja de disimular para mostrar su verdadero rostro.
#Editorial
Lo que antes se insinuaba, hoy se exhibe sin pudor y se normaliza como norma. Ayer fue Erico Galeano, con permiso político implícito y los fueros intactos, pese a la carga de las acusaciones que lo rodean y que incluso lo condenan; hoy es Hernán Rivas, cuya situación —lejos de aclararse— profundiza el descrédito institucional.
Presunción de inocencia, sí es cierto y todos tenemos ese derecho y garantía, pero en un lugar donde se define la política y el futuro de la patria, la destitución debería ser el camino para quienes mancillan el nombre de uno de los poderes del Estado.
Dos nombres distintos, un mismo síntoma: la degradación del estándar público, ya que Erico y Rivas no son casos aislados, son la evidencia de una lógica que se consolida, y el movimiento Honor Colorado, particularmente en el Senado, empieza a configurarse como un espacio donde los antecedentes penales no incomodan, sino que se administran. Donde los cuestionamientos no apartan, sino que se absorben, donde la pertenencia política pesa más que la integridad de sus propios miembros.
Y eso, obviamente, rompe algo más profundo que la coyuntura: rompe la idea misma de Parlamento.
A lo largo de este tiempo democrático, el Congreso paraguayo —con todas sus falencias históricas— supo ser, al menos en su aspiración, un ámbito y lugar cuasi sagrado de debates, confrontación de ideas y construcción institucional. Un lugar donde el disenso podía ser duro, pero no vulgar; y a la vez, la palabra tenía peso, contenido intelectual y ético, no solo volumen.
Hoy, lamentablemente, esa imagen se ha vaciado por completo, este Congreso (senadores y diputados) se percibe como uno de los más mediocres y opacos de la historia reciente, salvando contadas excepciones que aún intentan elevar el nivel del debate, pero la regla dominante es otra: la banalización del discurso, el recurso fácil del ataque personal, el argumento ad hominem, donde se ataca al sujeto y no al predicado, se ha vuelto norma, es decir, ya no se discuten ideas, no se confrontan argumentos, se intercambian agravios, y esto también es atribuible a los sectores de la oposición.
La escena es repetitiva y, por momentos, grotesca; referencias a la vida privada, a la vestimenta, a relaciones personales, en un desfile constante de ofensas y contraofensas que nada aportan al país. No es solo una cuestión de formas; es una manifestación clara de carencia de pienso. No se debate con altura intelectual porque, sencillamente, esa altura escasea.
Y ahí está el punto más delicado, porque un Parlamento sin nivel no es solo un problema estético o discursivo, es un problema estructural.
Porque cuando quienes legislan carecen de profundidad, el derecho se vuelve superficial; cuando quienes controlan no tienen autoridad moral, el control se vuelve ilusorio; y cuando quienes representan no están a la altura, la representación se vacía de sentido.
Entonces tenemos que Erico y Rivas no son solo la causa, también son la directa consecuencia de un sistema que dejó de exigir, que dejó de depurar, que dejó de avergonzarse.
Y cuando la vergüenza desaparece, lo que queda es esto: una política que ya no intenta siquiera parecer mejor, sino que se resigna a ser exactamente lo que hoy es, y eso, en cualquier democracia, es el principio del deterioro.
Y como diría el extinto profesor Herken, duele decirlo, pero hay que decirlo.



