La tranquilidad del kilómetro 10 Acaray se vio sacudida por un operativo que, lejos de terminar en un gran decomiso, encendió la mecha de un conflicto interno sin precedentes en las filas policiales de Ciudad del Este. Agentes de Antinarcóticos, bajo la dirección del fiscal Manuel Rojas Rodríguez, irrumpieron en la vivienda del suboficial Porfirio Cárdenas con un objetivo claro: un vehículo cargado hasta el techo con cocaína. Sin embargo, al llegar al sitio, el supuesto cargamento se había esfumado como por arte de magia, dejando tras de sí un rastro de sospechas sobre una posible filtración y una humareda de indignación en el uniformado afectado.
Lo que debía ser un golpe al narcotráfico se transformó rápidamente en una batalla legal y personal. Porfirio Cárdenas, quien se desempeña en el área de Investigaciones, no se quedó de brazos cruzados y acudió a la Fiscalía para denunciar a sus propios camaradas por persecución. El trasfondo de esta disputa parece tener raíces profundas y apellidos conocidos, ya que Porfirio es hermano de Santiago Cárdenas, otro policía con un historial que camina por la cuerda floja. Santiago, exintegrante de Antinarcóticos y hoy en Santa Rita, ha estado bajo la lupa por presuntas «mexicaneadas» y por una faceta empresarial como vendedor de vehículos que levanta más de una ceja entre sus colegas.
Este «fuego amigo» ha dejado al descubierto las grietas de una institución donde los límites entre la ley y el beneficio personal parecen difusos. Mientras los hermanos Cárdenas se defienden alegando ser blanco de una cacería injustificada, en los pasillos de la Policía Nacional el ambiente es eléctrico. El allanamiento frustrado no solo falló en encontrar droga, sino que logró sacar a la luz un feroz internismo que amenaza con desestabilizar la cúpula policial en Alto Paraná, demostrando que, a veces, los enemigos más peligrosos visten el mismo uniforme.
Fuente: Diario La Jornada (FB)




