En las profundidades del hampa y y el mundo policial, la Comisaría 11.ª de Naranjito jamás fue un puesto ordinario: en la jerga de los uniformados es un codiciado «lugar de recaudación para la corona», una caja negra alimentada por la ilegalidad. Por eso no es casualidad que las autoridades destinen allí a agentes con prontuarios manchados.
El salvaje atentado perpetrado por un comando armado el 17 de julio de 2026, que dejó dos policías y un civil muertos tras incendiar la sede policial, no solo redujo la comisaría a cenizas, sino que hizo saltar por los aires el velo de impunidad que protegía a sus mandos.
El primer eslabón manchado emergió con el suboficial Édgar Núñez, milagroso sobreviviente del ataque. Mientras se recuperaba de las heridas, se confirmó que arrastra un juicio oral pendiente por un caso de extorsión originado en la Comisaría 16.ª Central. Pese a estar formalmente procesado y con medidas cautelares, patrullaba armado y en funciones en uno de los puntos más peligrosos del país, revelando cómo la institución recicla a sus elementos sospechados en puestos de alta recaudación.
Sin embargo, la cabeza del puesto policial ocultaba sombras aún más oscuras. El jefe de la unidad, subcomisario Julio César Cabañas López, cuenta con un pesado expediente en el departamento de Itapúa por supuestos abusos de autoridad, sumado a una grave imputación por la muerte de un propio camarada, causa de la cual fue desligado judicialmente tiempo después. Cabañas López no solo administraba esta cotizada plaza policial, sino que era el dueño de la camioneta Toyota Hilux incendiada durante el atentado. El vehículo resultó ser «mau» —indocumentado e ilegal—, una irregularidad confirmada por el propio comisario Nimio Cardozo tras la denuncia pública del exdiputado Julio Colmán.
El caso Naranjito desnuda así un engranaje perverso donde la frontera entre la ley y el delito no existe. Frente a un crimen organizado despiadado, la respuesta institucional queda al descubierto: tropas sin preparación ni equipamiento enviadas a defender un puesto cuyo verdadero objetivo es la recaudación clandestina, bajo el mando de jefes que conducen vehículos ilegales y se rodean de subalternos acorralados por la justicia.



