Fueron treinta y seis horas de angustia contenida, de rezos en voz baja y de un despliegue humano que movilizó por completo a la comunidad de Pedro Juan Caballero.
El pequeño Mathías, de apenas dos años y once meses, había desaparecido de su hogar sin dejar rastro aparente. El temor a un desenlace fatal crecía a cada minuto entre los terrenos rurales del Amambay, donde el invierno empezaba a hacer sentir su rigor nocturno. Sin embargo, la tarde del jueves trajo consigo un alivio indescriptible: el niño fue hallado con vida en medio de un denso maizal, acompañado por su inseparable perro. Pero tras las lágrimas de felicidad y los abrazos del reencuentro, las autoridades se enfrentan ahora a un misterio que desafía toda lógica.
El hallazgo se produjo a casi cinco kilómetros de la vivienda familiar. Para un adulto, caminar esa distancia entre terrenos irregulares y montes espesos representa una fatiga considerable; para un niño que aún no cumple los tres años, la travesía roza lo imposible. El comisario Osval Lesme, director de Policía de Amambay, no dudó en calificar el hecho como un auténtico milagro. No obstante, el asombro de los investigadores no se debe únicamente a la distancia recorrida, sino a las extrañas pistas —y a la absoluta ausencia de ellas— en el trayecto que supuestamente realizó el pequeño.
El peritaje inicial de los rastreadores reveló detalles desconcertantes. Al comienzo del recorrido, en las inmediaciones de la casa, se detectaron las pisadas del calzado del menor. Lo llamativo es que, en un radio de varios metros a la redonda, no se encontró ninguna otra huella: ni de adultos, ni de vehículos, ni de animales grandes. Más adelante, en el punto exacto del hallazgo al borde de un arroyo que flanquea el maizal, volvieron a aparecer las marcas de sus pies, pero esta vez descalzos. Nuevamente, la soledad de sus pisadas en la tierra húmeda confirmaba una inquietante constante: Mathías parecía haber caminado completamente solo.
La incógnita se profundiza aún más con los alimentos que rodeaban al niño en el momento de su rescate. El vecino que logró divisarlo relató que Mathías levantó ambos brazos con una enorme emoción al ver aproximarse la ayuda. El pequeño estaba comiendo acerolas y a su lado se encontraron varias cáscaras de mandarina fresca. El gran misterio radica en que el equipo de búsqueda constató personalmente que en las proximidades del lugar no existe un solo árbol de estas frutas. Las plantaciones de cítricos y acerolas se ubican exclusivamente cerca de los caminos principales, a varios kilómetros de la espesura del monte donde el menor se refugiaba.
La hipótesis de un secuestro o de que alguien lo hubiera trasladado hasta allí fue la primera línea analizada por la Policía. Sin embargo, las imágenes de la única cámara de circuito cerrado que vigila el acceso al establecimiento rural arrojaron resultados negativos. Durante el período de la desaparición, solo un vehículo ingresó a la zona; sus ocupantes fueron identificados de inmediato y completamente descartados de cualquier sospecha. Con los accesos bajo control y sin huellas ajenas en el suelo, los investigadores se ven obligados a regresar a la teoría del extravío solitario, una explicación que sigue dejando más preguntas que respuestas debido a las dificultades del terreno.
El fiel amigo de cuatro patas de Mathías añade otro matiz singular a la historia. Según los allegados, el animal es el guardián eterno del niño y lo acompaña a todos lados. Durante las primeras horas de búsqueda, el perro también estuvo ausente. Curiosamente, el can regresó solo a la vivienda en un momento dado y luego volvió a internarse en el monte, coincidiendo finalmente con el hallazgo del pequeño en el maizal. Un cuadro leve de deshidratación, picaduras de mosquitos y algunos arañazos causados por las hojas afiladas del maíz fueron los únicos estragos que el examen forense detectó en el cuerpo del menor, quien ya descansa a salvo en los brazos de sus padres.
Mientras la comunidad celebra lo que pudo ser una tragedia y terminó en fiesta, la Fiscalía y los agentes de investigación criminal continúan trabajando sobre el terreno. Las 36 horas en que Mathías estuvo perdido en el monte siguen encerradas en un impenetrable secreto que solo él, su mascota y la inmensidad del maizal conocen.
Fuente: ABC Digital



