En Pedro Juan Caballero la realidad supera ampliamente a cualquier novela mexicana. Lucía Morel Alves, de 35 añitos, decidió tomarse muy a pecho la administración del negocio familiar, la «Funeraria Pax Conesul», pero parece que la paciencia para heredar en vida se le agotó bastante rápido.
Todo arrancó el sábado por la mañana cuando su padre, don Marcelino Morel Cabrera de 61 años y dueño del local, sobrevivió milagrosamente a un atentado a balazos que pretendía enviarle clientes… o peor aún, convertirlo a él mismo en la materia prima del negocio. La historia no terminó ahí porque la madrugada del domingo se vino con un «bonus track»: una nueva y ruidosa balacera sacudió las paredes de la mismísima funeraria en el barrio Mariscal Estigarribia, como para que nadie se olvide del asunto.
Tras el susto y con el plomo todavía caliente, don Marcelino no dudó un segundo y apuntó con el dedo sin remordimiento alguno: acusó directamente a su propia hijita de haber contratado a los sicarios para borrarlo del mapa y quedarse con el patrimonio familiar. Ante semejante escándalo de herencias y plomo, la fiscala Mirtha Martínez no esperó mucho y mandó detener a Lucía, quien pasó de administrar ataúdes a ocupar una incómoda celda en la Jefatura de Investigaciones de Amambay. Ahora la mujer enfrenta una inminente imputación por intento de homicidio mientras las autoridades buscan a los pistoleros que, con bastante mala puntería, dejaron al papá vivo y a la hija encarcelada. Definitivamente, en esa familia los trapos sucios no se lavan en casa, ¡se resuelven a balazos!



