Bajo la sombra de sus tradicionales avenidas, sus prestigiosas universidades y un crecimiento comercial acelerado, el histórico barrio Jara de Asunción esconde una grieta social cada vez más profunda. Lo que solía ser un apacible rincón residencial de clase media hoy enfrenta una silenciosa invasión: la del microtráfico y la delincuencia fuera de control.

El foco del problema se concentra en un sector cercano a la avenida Artigas, más precisamente sobre la calle Ciancio. Allí, una cuadra tomada por familias que llegaron años atrás buscando refugio tras una inundación se transformó en un pasaje infranqueable. A pesar de existir una orden judicial de desalojo firme y ejecutoriada, el mandato jamás se cumplió. Según denuncian los propios habitantes bajo estricto anonimato por miedo a represalias, la protección política de la zona congeló cualquier intento de intervención estatal.
En esa «zona roja», la prepotencia impuso sus propias reglas. Los vehículos ya no pueden transitar y la tranquilidad pasó a ser un recuerdo lejano. Las reuniones de fin de semana con música a alto volumen terminan a menudo en episodios de violencia contra quienes se atreven a reclamar. Un claro ejemplo ocurrió recientemente, cuando un vecino septuagenario pidió bajar los decibeles; horas después de que la policia acudiera al llamado, su vivienda fue atacada a pedradas en un acto de pura venganza.
Pero el verdadero terror cotidiano lo genera la red de consumo y venta de drogas al pormenor. El vecindario se encuentra sitiado por adictos y asediado por pequeños hurtos a toda hora. Desde costosos equipos quirúrgicos hasta basureros, focos y planteras: todo lo que quede a la vista se convierte en botín de canje. El esfuerzo colectivo de la comunidad tampoco parece alcanzar, ya que un sistema de cámaras de seguridad instalado con sacrificio fue destruido al poco tiempo de estrenarse.
La impotencia vecinal se agrava ante la falta de respuestas institucionales. Quienes son aprehendidos suelen recuperar la libertad en cuestión de horas, sembrando dudas sobre la efectividad de los procedimientos. Entre cercos eléctricos, perros de guardia, rejas y vigilancia privada, las familias del barrio Jara optaron por atrincherarse en sus propios hogares, obligadas a encerrarse al caer la tarde en un territorio donde la impunidad parece haber ganado la partida.
Fuente: ABCDigital



