Cada 21 de septiembre, Paraguay celebra el Día de la Juventud de la mano de la primavera. Con 1,5 millones de personas de entre 15 y 29 años —que representan el 25,4% de la población—, el país cuenta con un valioso bono demográfico para impulsar su desarrollo.
Sin embargo, esta marea humana enfrenta un camino minado de brechas sociales y laborales. En el campo, la pobreza juvenil alcanza al 24,3%, frente al 15,1% de las zonas urbanas según datos dados a conocer por el INE.
El empleo es el principal cuello de botella. Aunque casi un millón de jóvenes integran la fuerza laboral, más de 106.000 no encuentran trabajo, marcando un desempleo del 10,9%, que duplica la tasa nacional. A esto se suma una alarmante precariedad: casi el 90% de los trabajadores de 15 a 19 años cae en la informalidad debido a la falta de experiencia, salarios bajos y desajustes educativos.
El abandono escolar acelera esta crisis. Aunque el 73,6% asiste a la escuela entre los 15 y 19 años, la cifra cae drásticamente al 14,5% al bordear los 30 años. La falta de protección social completa el cuadro: apenas dos de cada diez jóvenes tienen seguro médico y las consultas por salud mental van en aumento. Programas estatales de incentivo al primer empleo formal y becas buscan revertir este escenario, pero el verdadero reto es masificar estas soluciones para garantizar que la juventud deje de ser una estadística festiva y se convierta en el verdadero motor del país.



