Apenas noventa días habían pasado desde que el estruendo de los tanques terminara con la larga noche de la dictadura de Alfredo Stroessner. En ese Paraguay de mayo de 1989, el aire todavía olía a pólvora reciente y a una libertad desconocida que empezaba a filtrarse por todas las grietas de la sociedad. Sin embargo, el 6 de mayo de ese año, el proceso de transición democrática enfrentó una de sus pruebas más insospechadas y sensibles: los mismos hombres encargados de custodiar el orden, los policías, decidieron romper filas para exigir dignidad.
Durante décadas, la Policía del Paraguay había sido una pieza de engranaje en la maquinaria de control del régimen, pero detrás de los uniformes se escondía una realidad de carencias profundas. Los agentes, especialmente los de baja graduación, sobrevivían con salarios que no alcanzaban para cubrir el pan diario, trabajaban sin equipos básicos y cargaban con el estigma social de haber sido el brazo ejecutor de un gobierno caído. Con la llegada del General Andrés Rodríguez al poder tras el golpe de febrero, el miedo comenzó a evaporarse y, por primera vez, los suboficiales y agentes operativos entendieron que en democracia ellos también tenían derecho a tener voz.
La movilización fue un hecho sin precedentes que paralizó el corazón de Asunción. Ver a efectivos policiales manifestándose abiertamente contra el Estado al que servían generó un clima de incertidumbre total; la ciudadanía observaba con asombro cómo quienes debían garantizar la seguridad se convertían en protagonistas de una protesta pública. El reclamo central era claro y potente: «Salario digno». Pero el fondo del asunto era más profundo, se trataba de una insubordinación pacífica que buscaba quebrar la lógica autoritaria interna y humanizar una institución históricamente desatendida por sus propios mandos.
El riesgo de un motín armado o de una fractura irreversible en la cadena de mando puso al gobierno de transición en una posición delicada. Mientras en otros países de América Latina protestas similares terminaban en violencia o crisis institucionales, el gobierno de Rodríguez optó por la prudencia. En lugar de responder con la fuerza a quienes reclamaban derechos, se abrieron mesas de negociación directa y se prometieron mejoras graduales. Esa decisión evitó una situación agresiva y marcó un hito: la despolitización de la policía comenzaba a ser una posibilidad real.
Aquel 6 de mayo no fue simplemente una huelga por dinero. Fue el símbolo de que el Paraguay estaba cambiando de piel. Al reconocerse la precariedad de los trabajadores uniformados, se inició un largo camino hacia la reforma estructural de la fuerza. La protesta demostró que la democracia no solo se construye en las urnas, sino también en el reconocimiento de la dignidad de aquellos que, incluso bajo un uniforme, son ciudadanos con derechos. Fue, en definitiva, el momento en que la policía paraguaya dejó de ser un objeto del poder para empezar a ser un sujeto de la historia.
Fuente: Historia Policía del Paraguay (FB)



