Eran cerca de las 01:45 de la madrugada en el barrio San Isidro, a la altura del kilómetro 9 Monday de Presidente Franco. Todo apuntaba a ser otra noche tranquila de ronquidos y descanso, pero unos cinco «amigos de lo ajeno» decidieron que era una excelente hora para hacer horas extras.
Llegaron vestidos con ropa oscura, llevando cascos como si fueran a correr el Dakar, y con las claras intenciones de forzar y llevarse algún vehículo estacionado en el patio de la familia Maidana. Lo que no sabían estos muchachos es que estaban a punto de despertar a la leyenda local: don Celso, un abuelo de 74 años que, al parecer, solo necesitaba una buena excusa para debutar en el cine de acción.
Como los ladrones no pudieron salirse con la suya con los autos, pensaron que sería buena idea avanzar y meterse por la parte de atrás de la casa. Grave error de cálculo. Adentro, ante los ruidos, las hijas de don Celso —entre ellas Liliana— se percataron de la visita. Con la velocidad de un rayo, escondieron a los niños de la casa adentro del ropero, en modo «las crónicas de Narnia», y se armaron con machetes y objetos cotidianos, listas para hacer más ruido que una batucada en pleno carnaval y ahuyentar a los intrusos. Pero la estrella indiscutida de la noche fue el dueño de casa. Don Celso, que en sus más de siete décadas jamás había usado un arma para defender su hogar, agarró un arma corta, se asomó por la ventana y decidió que la mejor manera de darles las buenas noches era a los tiros. «Tenían casco y no se comunicaron conmigo, directamente intentaron ingresar», explicó luego el hombre con envidiable tranquilidad, como si se tratara de vendedores ambulantes con muy malos modales.
El tiroteo se armó en un santiamén. Los delincuentes, totalmente sorprendidos de que el abuelo de la familia los recibiera con semejantes fuegos artificiales, intentaron responder disparando una escopeta calibre 12 que dejó un lindo agujero de recuerdo en la pared de la vivienda. Sin embargo, la puntería de don Celso y el concierto de ruidos, machetazos y gritos de las mujeres fueron demasiado para los malandros. Viendo que la misión de robo se había convertido en una prueba de supervivencia extrema, los cinco huyeron despavoridos perdiéndose en la oscuridad sin robar absolutamente nada. Incluso, el propio don Celso sospecha que alguno de los atacantes se fue rengueando y con una herida para la colección.
Afortunadamente, ningún miembro de la familia Maidana resultó herido tras el alocado y peligroso enfrentamiento. Hoy, la Policía Nacional sigue buscando a los frustrados ladrones por todo el departamento de Alto Paraná, mientras analizan los rastros que dejaron en su vergonzosa huida. Mientras tanto, en el barrio San Isidro ya todos saben que con don Celso no se juega, y que si vas a llegar a su casa de madrugada, más te vale tocar el timbre y, por las dudas, sacarte el casco.
Fuente: Ahora_Py


